viernes, 15 de marzo de 2019

Balder, el ventrílocuo


El ventrílocuo Balder, agradece a Marino Gómez-Santos
la entrevista que le hizo en el Diario Pueblo

No hace mucho aún asombraba el ventrílocuo, como pasmaba y entretenía casi todo, porque la capacidad de fascinación estaba prácticamente virgen. No padecíamos la hiperestimulación de las redes o de las pantallas, ni las exigencias y apremios de la sociedad en enjambre. Cualquier cosa maravillaba porque era novedad, algo extraordinario, aún en su mayor simpleza y candidez.

Fascinaban los pirófagos, los hialófagos, los faquires, los leones indolentes sometidos por el látigo del domador, los autómatas, el cine mudo, los relojes de cuco y la exhibición de teratologías por pueblos de adobe en ferias miserables. El mundo era ingenuo y bárbaro a su manera, como un cuadro de Gutiérrez Solana. África era exótica, China misteriosa y el triángulo de las Bermudas una puerta a otra dimensión.

Hoy, alcanzada la mayoría de edad con respecto a la época anterior (no a la siguiente, por inimaginada y temida), África es miseria, China es una nube de polución y las Bermudas son un paraíso fiscal que lava el dinero del crimen globalizado. Nada de esto fascina ya, sino que irrita, preocupa o mueve a la piedad. La transformación ocurrida, que ha llevado sólo una generación, ha sido completa. El misterio ha desaparecido (con él, los misteriólogos profesionales), cosa que hemos descubierto por el cambio de los gustos y de las apetencias sociales, que dice mucho de cómo somos si se observan bien.


Tarjeta de presentación de los personajes de Balder. 
Los más célebres fueron el niño, el torero, el paleto,
la señora y el modisto, tipos del casticismo madrileño

Cuenta Marino Gómez-Santos que Balder, el ventrílocuo, nació en Madrid en 1878, y que se llamaba Eugenio Balderraín Santamaría. Perteneció a la última generación de ventrílocuos clásicos, con los que rivalizó, como Paco Sanz y sus actores mecánicos, Richiardi y Felipe Moreno, entre otros.

Según informa el propio Balder, desde niño fue aficionado a la mecánica y al mundo del espectáculo. Resultó deslumbrado por Leopoldo Frégoli, que actuaba como transformista en el Teatro Apolo. El artista italiano tenía una voz tan flexible y con tantos registros que podía encarnar personajes masculinos y femeninos en una misma sesión, encadenando hasta catorce. Quiso Balder ser transformista como Frégoli y así debutó, aunque su comienzo fue también despedida, porque si de voz iba sobrado, le faltaban todas las condiciones para parecer mujer. No se desanimó por el fracaso, hechizado ya por el veneno de las tablas. Su vida giró en la dirección correcta cuando vio una actuación del ventrílocuo Juliano, que tenía barraca en la Plaza de Antón Martín, decidiendo seguir sus pasos. En un taller compró cabezas y cuerpos de muñecos, que ensambló él mismo en un semisótano de la calle de La Cruz, añadiéndoles articulaciones y otros mecanismos para dotarles de realidad. Con estas mañas debutó como ventrílocuo en el Teatro de la Latina el 5 de junio de 1906, iniciando una carrera de éxitos que le llevaría de gira por la Argentina y a escribir un raro Tratado de Ventriloquía en 1910. Su vida artística fue fecunda, hasta que la ventriloquía entró en decadencia, a  lo que se unió el fallecimiento de su mujer. A partir de ese momento, perdió la vitalidad creadora.

Balder, con una de sus creaciones
De Balder se dice que fue el primer ventrílocuo en afeitarse el bigote, que era de estilo francés tirando a húngaro, aditamento que era para su oficio lo que la red para el trapecista. Actuó sin red, por tanto, para que se apreciara su destreza, que consistía en hablar haciéndose el mudo. Improvisaba siempre y cuando era menester se arrancaba con jotas y flamenco castizo, cosechando ovaciones y aplausos sinceros de un público entregado.


Las criaturas de Balder charlan con Marino Gómez-Santos
Tres sentimientos producía el ventrílocuo en su edad de oro: asombro, risa y un poco de miedo.

Asombro, porque el arte del ventrílocuo consiste en hablar con el estómago sin mover la boca, con voz distinta a la propia, que se da a un muñeco que parece tener el don de la palabra, al que se mueve también con disimulo, como criatura creada por el humano que, a la legua, se ve que es una prótesis del artista, aunque esta cuestión no importara.

Risa, porque el muñeco parlanchín dice lo que no diría la persona, al carecer de conciencia y de responsabilidad, como el bufón o el loco, por más que su palabra sea falsa y resultado de un artificio  a veces muy evidente, aunque este detalle tampoco importara.

Y algo de miedo, porque un muñeco que parece cobrar vida y personalidad propias, sin brillo en los ojos, es cosa truculenta, un golem, inspiración de cuentos, leyendas y guiones cinematográficos (se nos viene a la memoria El ojo de cristal, inquietante película de 1957 presentada  por Alfred Hitchkock) al violar el tabú de la Creación. El ser humano, mortal y finito, no puede modelar con sus manos un Prometeo, no puede ser el numen de un émulo que, como experimento condenado, será  engendro, monstruosidad y error. De ahí la leyenda, afortunadamente falsa de todo punto, de aquel ventrílocuo norteamericano llamado McCarthy, del que se decía que en vez de un muñeco iba acompañado en sus actuaciones por el cadáver putrefacto y parlante de un niño, al cual no dejaba que nadie se acercara.




En el siglo XIX, cuando el magnetismo, la electricidad y la hipnosis parecían cosas del más allá, hubo ventrílocuos y ventrílocuas que trabajaban sin muñecos: eran médiums. Usaban otros complementos como la bola de cristal, el cuarto en penumbra y el turbante milenario, trucando y disimulando la voz en sesiones privadas de teosofía y espiritismo, siendo el caso más singular el de Madame Blavatsky.

Así describe Marino Gómez-Santos los años finales de Balder, que transcribimos literalmente y que son, también, el canto del cisne de un arte escénico que databa de los tiempos de los faraones.



Texto de Marino Gómez-Santos
sobre los últimos años de Balder

"Creo que con la entrevista larga que le hice a Balder puede conseguirse un texto, a modo de cuento, muy interesante. Balder retirado ya del mundo del espectáculo como ventrílocuo, iba todas las mañanas a una casa vieja, creo que de la calle de la Cruz y al fondo de un patio tenía un cuartito con sus baúles. Tengo una fotografía con él y con sus muñecos, a los que visitaba todas las mañanas, sacándolos de los baúles y monologando con ellos como si fueran personas. De doña Cañerías, que era una muñeca madrileña, de tamaño natural, me decía cómo en los años treinta había ganado, bailando con ella, un primer premio en los bailes de carnaval del Círculo de Bellas Artes. Del muñeco flamenco y de otros, hablaba con pasión de padre. Solía decir que sus muñecos se vestían en los mejores sastres y calzaban, a la medida, por los mejores zapateros de la época. Creo que Balder apareció muerto en la cocina de su casa. En los últimos años de su vida a Balder le preocupaba obsesivamente el destino de sus muñecos y me decía que si tuviera valor haría con ellos una hoguera para que cuando él faltase nadie pudiera maltratarlos o que apareciesen en un puesto del Rastro."

Balder murió sin tener el valor de quemar a sus criaturas.

Última voluntad de Balder sobre sus criaturas
Concluyamos con un poema dedicado al ventrílocuo, publicado en el libro Un mes con el circo, de Alfredo Marquerie, publicado por Taurus en 1955, que forma parte del FDMG-S.


EL VENTRÍLOCUO

¿De dónde sale tu voz, 
de qué pozo de misterio
subes agua de palabras 
al brocal helado y pétreo
que son tus dientes cerrados, 
tus labios sin movimiento?

Así hablaba, según dicen, 
el oráculo de Delfos, 
y Constantino, el bufón,
ponía pasmo de miedo
cuando acercaba a la gente
lejanísimos acentos.

¿De dónde sale tu voz?
¿Por qué guardas con recelo
la clave de tu gran burla, 
el recóndito secreto
que inspiró a los fabulistas
con moraleja sus versos,
los diálogos de animales
y acaso el "Ábrete, sésamo"?

Tú no respondes, ventrílocuo;
lo hacen por ti tus muñecos,
los autómatas, que tienen
vida propia, sangre, nervios, 
porque, sin saberlo, eres
su esclavo más que su dueño.

Que de tanto desdoblarte
y de poner tu "yo" en ellos
te estás privando del ser,
del habla y del pensamiento; 
por jugar tanto al fantasma,
fantasma te estás volviendo.
Y cuando te quedes mudo
se reirán de tu silencio.



lunes, 4 de marzo de 2019

Santiago Ramón y Cajal: la voluntad hecha fuerza


Santiago Ramón y Cajal, con su mirada penetrante
Es conocido que Ramón y Cajal (1852-1934) tenía mal genio, un pronto furibundo que, naturalmente, venía de su personalidad innata y, también, del fondo rústico, pobre y aldeano en que nació, aunque a medida que su sabiduría fue creciendo, se templó su propensión al arrebato.

Reproducción de la partida de nacimiento de Ramón y Cajal
Así lo reconoce en Recuerdos de mi vida, dibujo autobiográfico publicado entre 1901 y 1917, cuando ya era una celebridad indiscutible y maestro de una generación de científicos.

En sus páginas cuenta que de chico era “díscolo, retraído, antipático y misterioso”, algo antisocial, además de admirador de las maravillas de la naturaleza y amante de los juegos atléticos y de agilidad. En sus Recuerdos confiesa que “aún hoy, consciente de mis defectos, y después de haber trabajado heroicamente por corregirlos, perdura en mí algo de esa arisca insociabilidad tan censurada por mis padres y amigos.

Como pruebas de ese ardor silvestre, se conservan fotos juveniles de Cajal en las que, en perfecta forma física y ataviado con un taparrabos neolítico, empuña arco, flecha y puñal para cazar la presa salvaje o capturar al rival de otra tribu, por las selvas de Zaragoza.

No queremos decir que éste fuese el carácter dominante de su personalidad, puesto que quienes le trataron íntimamente resaltan en él otros rasgos muy favorables, como la nobleza, la honradez, la humildad (se refería a sí mismo como “modesto obrero de la biología”), la protección de sus discípulos y la necesidad vital, física incluso, de no desperdiciar ni un segundo de su tiempo en cosas distintas a la búsqueda de la verdad científica. 

Este perfil, que refleja su personalidad al completo, queda confirmado por lo que queda de su epistolario, unas 3.500 cartas, que fue expoliado vergonzosamente y al que le faltan nada menos que otras 12.000, las más valiosas, que están en paradero desconocido.

Cajal fue un ser contradictorio, como cualquier otro mortal. No debe asustarnos decirlo, porque conociendo a la persona se conoce mejor al científico, que es lo que importa, sin beaterías, adornos o medallas. 

Sin la fuerza interior de un pionero, Cajal no hubiera sido capaz de elevar la ciencia médica en España a niveles impensables. No habría conseguido, desde la nada más completa, un Premio Nobel de medicina en 1906. Y, tampoco, habría creado una escuela ramificada por el mundo, ni los fundamentos de una disciplina, la neurociencia, que nos asombra un siglo después por sus logros y misterios aún por desvelar. 

Mostramos varios documentos del FDMG-S que tratan sobre dos polémicas muy desagradables que protagonizó Cajal: con el brillantísimo Doctor Pío del Río Hortega, histólogo, oncólogo y especialista en el sistema nervioso, en 1916, y con Pío Baroja, que tuvo una data más larga.


El Doctor Pío del Río Hortega, al microscopio
La relación de la primera polémica procede de una nota autógrafa de uno de los discípulos de Cajal, el neuropsiquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora, en la que relata lo siguiente:

“En mi larga vida de, 30 años cerca del grande hombre, cuya memoria venero, he visto a Don Santiago tan descompuesto. Un venenoso conserje del viejo Instituto del Museo Velasco, resentido porque Del Río no le dejaba ganarse una comisión: de 1 peseta por conejo; 2 por gato, y 3 por perro, de los que traía el Tío Ranero, personaje de novela barojiana (que se dedicaba a cazar por las charcas, salamandras, culebras de tierra y de agua, lagartos y demás animales citados) y los vendía a los institutos de Biología y de Historia Natural, Del Río, entendiéndose directamente con el Tío Ranero, conseguía más baratos los animales. Entonces, el conserje borrachín, para vengarse de Del Río le fue envenenando el alma a Cajal, diciéndole que Del Río, en las explicaciones a sus discípulos les decía que Cajal no había inventado los métodos fotográficos de la plata, ideados por Simarro y mejorados por Cajal, cosa que el propio Cajal, con su gran honradez científica explicaba en letra pequeña en su Histología, lo cual Del Río les leía o repetía a sus alumnos. Informado falsamente Cajal, se presentó una tarde de improviso en el laboratorio, ya irritado por los chismes falsos del borrachín de su conserje. La escena, que nunca olvidaré, fue impresionante. El gran Maestro, descompuesto por lo que creía una injusticia de Del Río a su inmensa labor de descubrimientos expulsó a Del Río violentamente, empleando epítetos (…) que jamás le oí emplear después. Del Río salió llorando de aquella brutal escena y no volvió más por el Instituto Cajal, ni siquiera cuando años después Don Santiago (con su nobleza baturra) le escribió una carta disculpándose y pidiéndole que volviese a su laboratorio.”

Una de las cuartillas en las que el Doctor Lafora relata el
desafortunado desencuentro, del que fue testigo,
entre Cajal y Pío del Río
Esta aspereza injusta, en la que no cabe descartar rivalidades científicas, produjo la ruptura entre Cajal y Del Río hasta 1922, año de su reconciliación en el madrileño Café del Prado. 

La separación perjudicó inmerecidamente la carrera de Del Río, que se rehízo rápidamente, sin dañar la reputación de sus logros y descubrimientos, que fueron muchos y valiosos, hasta el punto de ser propuesto en tres ocasiones al Nobel de medicina.

La segunda polémica, más prolongada en el tiempo, la tuvo con Baroja, que fue también médico, aunque ocasional y falto de vocación (estudió, según sus palabras,"como quien toma una pócima amarga"), al que califico su tesis sobre el dolor, por ser miembro del tribunal que lo juzgaba. La razón de la animadversión es aquí más misteriosa puesto que ambos compartían un ideario, aunque pueden aventurarse ciertos motivos.


A Cajal no le gustaban los pesimismos, por estériles, de algunos noventayochistas, que además no hicieron la guerra de Cuba, al contrario que él, y en la que casi muere por paludismo, criticándola después con vehemencia y amargura. Creía, más bien, en la redención del país por la ciencia, para sacarlo de la incultura, la corrupción y el atraso seculares. Cajal era un regeneracionista, pero por la vía del laboratorio, del trabajo personal y del conocimiento, que traerían otras bondades por añadidura, y no por la reforma social o por la acción política por sí solas. Además, despreciaba lo que consideraba palabrería, tanto en la academia como en la vida cultural e intelectual, por ser síntoma de vaciedad.

Esta falta de simpatía era correspondida por Baroja ya desde sus tiempos como estudiante de medicina, en los que afea a Cajal su condescendencia con algunos profesores de la Facultad que, como José de Letamendi y Manjarres, catedrático de anatomía, no hacían ciencia sino retórica, prestidigitación y fuegos artificiales, contribuyendo a un ambiente académico sórdido y ordinario. Algo tuvo que ver en la demolición del prestigio de Letamendi el que suspendiera dos veces a Baroja en Patología General, y una tercera un discípulo suyo, un tal Slócker. Por tal razón, Letamendi es personaje de El árbol de la Ciencia, al que Baroja, desde la omnipotencia del escritor, ridiculiza describiéndolo como un hombre hueco, fatuo, botorate y farsante.

Tampoco le gustó a Cajal que Baroja le calificase de “escribidor vano, vulgar, desmañado y antipático”, a partir de la lectura de algunas de sus obras de mayor difusión. 

Además, se cuenta que Baroja alimentó rumores indignos sobre la vida privada de Cajal, que seguro que Cajal conocía y que lo terminaron de enfurecer completamente.

Como consecuencia de esta animadversión larvada, Cajal escribió la siguiente carta (de la que sólo transcribimos una parte) en un tono violento contra Baroja, aunque no llegó a enviársela:


Texto completo de la carta no enviada de Cajal a Baroja,
recogido en el diario Pueblo
“Usted no me puede juzgar porque no me ha leído. Es como juzgar a Sócrates por tocar la flauta o a Catón por haber estudiado y aprendido de viejo el griego (…) 

Llama usted tartufismo a exponer reglas y consejos para la juventud, que ha merecido el aplauso (siete ediciones), y hacerlo como es razón, en estilo llano y comprensible…

Usted no es español. Con un cinismo repugnante trató Vd. de eludir el servicio militar, mientras los demás nos batimos en Cataluña, fuimos a Cuba, enfermamos en la manigua, caímos en la caquexia palúdica y fuimos repatriados por inutilizados en campaña, y luego, enfermos, tratamos de estudiar y trabajar para enaltecer la Patria, no con noveluchas burdas, encomiadoras de condotieros y conspiradores vascos, sino luchando con la ciencia extranjera a brazo partido.

Si yo fuera Gobierno, a los malos españoles como Vd. que cifran su orgullo y tienen a fruición despreciar los prestigios de la raza española, los condenaría a pena de azotes, y después a una desecación lenta pero continua, en Costa de Oro. Creo que así nos dejarían en paz.” 

Sí, Ramón y Cajal tuvo mal genio, además de un Nobel en medicina, billete de 50 pesetas y sello de correos de 30 céntimos en tiempos de la República. Fue un genio científico que alcanzó la gloria a base de genio personal, en un país que históricamente despreció la ciencia y maltrató a sus científicos.

Disculpemos sus excesos.

lunes, 11 de febrero de 2019

Ramón Menéndez Pidal: ideas sobre el pueblo vasco y España




El 13 de marzo se conmemorará el 150 aniversario del nacimiento de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), filólogo, lingüista e historiador.

Las tres disciplinas que cultivó son muy próximas y se hermanan con naturalidad, porque en las sociedades analógicas la lengua y la literatura, entendidas como decires populares y como formas cultas, componen la historia, tejiendo, en lo hondo, la conciencia colectiva. ¿Cómo escribir, si no, una historia de la lengua española sin mencionar la historia de España, su literatura, cultura, dialectología, lengua hablada, orígenes e influencias?

Menéndez Pidal es discípulo de Menéndez Pelayo, al que supera en su tradicionalismo aislacionista y extremoso. Además, es maestro de brillantes figuras que irradiarán su erudición y métodos en la historia, la filología, la literatura y, también, en la pura creación, como Américo Castro, Tomás Navarro, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Rafael Lapesa, Homero Serís, Salvador Fernández Ramírez, Amado Alonso, José Manuel Blecua, Samuel Gili Gaya, Antonio García Solalinde, Alonso Zamora Vicente, etc.  

Menéndez Pidal es descubridor y analista de la literatura medieval española, también de la posterior (por ejemplo, en su Antología de Prosistas Españoles llega hasta el siglo XIX, con un capítulo dedicado al Conde de Toreno), y estudioso impar de los orígenes y desarrollo de la gramática de nuestra lengua, de cuya comprensión somos deudores. Académico en 1902 y, posteriormente, director de la Real Academia Española en dos ocasiones (1925-1938 y 1947-1968), institución que ahora celebra el bienio pidalino con numerosos eventos, es autor de una obra inmensa rebosante de erudición.

El FDMG-S cuenta con varios documentos del fundador de la lingüística científica en España y padre de la primera escuela filológica española, que puso al nivel de la mejor europea. Destacamos uno de ellos, por su oportunidad en nuestra difícil actualidad: un autógrafo de apretada letra en el que reflexiona sobre lo vasco y la unidad de España, tema recurrente de nuestra historia política desde el siglo XIX.

Responde Menéndez Pidal a un artículo anónimo publicado por el diario Le Temps, en el que se afirman dos ideas principales: que el pueblo vasco es “uno de los más sólidos reductos de nuestra civilización occidental” y que, debido a ello, “es merecedor, a los ojos de la cristiandad, de conservar su plena y libre personalidad bajo un régimen político capaz de protegerlo permanentemente de las tempestades que se desencadenan periódicamente al sur de los Pirineos.


A estas ideas, que considera injustas y contrarias a la realidad, contesta Menéndez Pidal, desde una concepción historicista de la nación, lo siguiente:

· El pueblo vasco se negó en absoluto a la civilización occidental de Roma. Fue preciosa reliquia de la España ibérica, de la cual recibió su cultura primitiva y su lengua actual. De quien obtuvo el aporte occidental fue, precisamente, de España, de la que formó parte desde sus orígenes en los tiempos de la monarquía asturiana.

· La íntima compenetración del pueblo vasco con España queda acreditada, por ejemplo, por un Ignacio de Loyola, que “conmovió el catolicismo”, por un Juan Sebastián Elcano, que circunnavegó por vez primera el globo, o por Miguel de Unamuno, “gran vasco y gran europeo que sentía la unidad española” y que fue “la más elevada y atenta expresión del pensamiento vasco.

· Además, los vascos recibieron, por ser parte de España, el legado de América, sin el cual hoy serían una cosa muy distinta de lo que son.


Termina Menéndez Pidal su puntualización histórica con dos importantes afirmaciones: “los países más democráticos proclaman urgente la necesidad de robustecer la verdadera unidad espiritual de toda la nación” y “dejen a los españoles decidir, sin injerencias extrañas, el grado y el modo de la unidad espiritual que también necesitan.



En esta correspondencia dirigida a Marino Gómez-Santos, Menéndez Pidal escribe sin estridencias sobre democracia, nacionalismo y unidad, porque en el debate nacionalista, generalmente, sobran emociones y faltan razones.

Si en la relación entre las naciones y los Estados se imponen la exaltación y los esencialismos, acertarán los que hoy dibujan un escenario tenebroso para una Europa que cada día se parece más a la del período de entreguerras.

viernes, 11 de enero de 2019

La muerte de Ramón Gómez de la Serna





El 12 de enero de 1963, Ramón Goméz de la Serna fallece en Buenos Aires.

Pocos días después, el 23 de enero, sus restos mortales llegan a España para ser enterrados en el Panteón de Hombres Ilustres de la Sacramental de San Justo, en la misma sepultura que su admirado Larra, que por azar se encuentra en el patio en el que también reposan los restos de sus padres.

Gómez de la Serna es uno de los grandes renovadores de la literatura española del siglo XX. Introductor de las vanguardias, vanguardista él, barroco y conceptista, humorista serio, creador de un ismo personalísimo, el ramonismo, retratista de la palabra, pintoresco, anfitrión de banquetes, tertulias y homenajes literarios, subversivo, buscador de lo inverosímil, costumbrista, brillante, esteta, experimental, personaje en sí mismo, maestro de nuevas corrientes y tendencias literarias, precursor y anheloso de escribirlo todo de otra manera, porque siente que ha llegado la hora de abandonar la monotonías y las superficialidades del realismo y del naturalismo, en un mundo absurdo que se rompe y derrumba entre guerras y revoluciones.

Es cosa de las estrellas: muere pobre, como Larra, sin el reconocimiento merecido, que llega tarde, como tantas veces ocurre en este país nuestro. No se aprobó que fuese académico y hay que improvisarle un premio de la Fundación Juan March, tras penosas imploraciones de su mujer, Luisa Sofovich, y alguna que otra mediación de última hora, cuando está muy enfermo, un año antes de morir, para completarle la modesta pensión de 5.000 pesos que el Parlamento de la Argentina le había concedido en 1962.

Entre 1910 y 1912, Gómez de la Serna inventa la greguería, que es el aforismo de la vanguardia, un conceptismo del siglo XX, "el grito de los seres y las cosas", "humorismo más metáfora", "captación de lo instantáneo", "atrevimiento a definir lo indefinible", creación genial de la que malvive cuando los ingresos escasean y son mantenidos casi en exclusiva por su colaboración en el diario Clarín, estirando su ingenio más allá de lo que le permite la enfermedad. 

El FDMG-S cuenta con varios manuscritos de Gómez de la Serna. Pero en la conmemoración de su muerte, mostramos tres cartas de su mujer, Luisa Sofovich, su querida Luisita, dirigidas a Tomás Borrás, en las que ésta le informa muy tiernamente de sus precariedades económicas y de los avances inexorables de las varias enfermedades que acabarán con la vida de Ramón, fechadas en 1962. 








Ramón Gómez de la Serna tiene sus obsesiones, naturalmente. La muerte es una de ellas, al igual que Quevedo, con el que comparte un estoicismo. Pero no es una obsesión morbosa, sino llena de hermosura, porque sin la muerte “el hormiguero humano llenaría plazas y calles. No conmovería el amor, no habría prisa, las estrellas no tendrían luz de inquietud.

Gómez de la Serna redacta una autobiografía sobre sus primeros sesenta años de vida, que titula Automoribundia, ya que "un libro de esta clase es más que nada la historia de cómo ha ido muriendo un hombre y más si se trata de un escritor al que se le va la vida más suicidamente al estar escribiendo sobre el mundo y sus aventuras.




También escribe Los muertos y las muertas, obrita en la que se ríe con gravedad de la muerte, ante la que no caben "charangadas, baladronadas y chabacanerías perogrullescas" porque "nadie ha visto jamás una calavera seria."




Finalmente, en Nuevas páginas de mi vida, completa su autobiografía anunciando su propia muerte: Ya tengo frío en la nuca y esos fríos vienen del más allá (…) las venas llaman de noche como si se hubiesen olvidado la llave y ya son como los lebreles que nos husmean las piernas y a veces nos muerden. Ya he sentido el arco de la muerte probar unas notas en mi cerebro (…) Malo cuando se oyen los batanes de la sangre y ya se vive porque las venas quieren estallar, pero ninguna se atreve a ser la primera. Ya hasta la sinovia que estaba tranquila en las entretelas, quiere salirse y si no hay albuminaria hay literaturia.




Si "todo lo que creen los novelistas que inventaron les ha pasado a los muertos", el oficio de escritor es recordar sus vidas, las de los muertos, que lo contienen todo.

Cincuenta y seis años después de su fallecimiento, Ramón Gómez de la Serna es ya un clásico que, como todos los clásicos, duerme olvidado en su gloria. 


martes, 20 de noviembre de 2018

El Doctor Marañón y la medicina humanística

El Doctor Marañón pasando consulta en el hospital. El enfermo, en primer plano

Hay profesiones en las que el contacto humano es esencial. La de médico es una de ellas. Actualmente, los profesionales de la medicina experimentan un empuje hacia la despersonalización del enfermo por efecto del avance tecnológico. Pareciera que no hay enfermos sino enfermedades que, definidas a partir de parámetros y medidas consignadas, requieren de unos u otros tratamientos, limitándose la labor del médico a conocerlos y aplicarlos.

Cuando vamos a la consulta observamos que el médico pide pruebas, lee datos, sigue protocolos y cumplimenta informes en su ordenador que, a su vez, leerán otros colegas que basarán sus decisiones en ellos y en otras pruebas complementarias, acumulándose una enorme cantidad de información médica sobre cada paciente sin que el paciente como tal, esto es, como persona que padece, como individualidad con historia, tenga la oportunidad de salir demasiado a la luz. De una manera más filosófica diríamos que en la medicina se produce una descomposición del yo a favor de la acumulación de datos, a los que se les acaba atribuyendo una realidad más auténtica que al paciente de carne y hueso.

Ocurre esto también por otras razones: masificación en las consultas, escasez de recursos y una organización mejorable de la sanidad. En cualquier caso, por causas que nada tienen que ver con una perspectiva humanista de la profesión médica.

Vivimos una era nueva, la del dataísmo, como nos advierten, entre otros, David Brooks, Chris Anderson, Noah Harari o Byung-Chul Han, que se extiende por doquier y que se basa en cuatro supuestos que nadie se ha tomado la molestia de demostrar, a pesar de que vienen siendo pensados y discutidos y pensados desde el nacimiento de la Filosofía.

a) Todo puede ser medido y convertido en datos cuantificados.

b) Los datos no son subjetivos.

c) Los datos son la realidad depurada.

d) Las nuevas técnicas de procesamiento y análisis de la información nos permiten desvelar los misterios más profundos de la existencia, incluso la concepción de la biología o la predicción del futuro, al convertir los datos en narrativa despojada de ojo clínico o de intuición, en conocimiento automático, organizado y sistemático, sin necesidad de recreación, imaginación o interpretación por el pensamiento humano.

Añadamos a estos supuestos el desarrollo de la inteligencia artificial, cada vez más aplicada en la medicina, y veremos que la condición de médico, tal y como la entendemos hoy, corre el riesgo de difuminarse.

No se trata de practicar un ludismo contra la tecnología, el dato o el algoritmo, que sería estúpido, sino de saber exactamente qué avances y mejoras nos ofrecen, también sus peligros, sin olvidar sabidurías tradicionales que siguen siendo, afortunadamente, insustituibles.

Esto que parece muy actual, siempre preocupó al Doctor Marañón, empeñado en defender y practicar una medicina humanista y en ponerla por escrito, singularmente en sus biografías biológicas, como las dedicadas a Enrique IV de Castilla, Henri-Frédéric Amiel, Tiberio, Antonio Pérez o al Padre Feijoo. Por eso recuperamos un texto suyo muy breve titulado La era del chequeo, publicado en 1959, con motivo de la conmemoración de las Bodas de Oro de su promoción médica, la de 1909, que rebosa actualidad, finura y sentido del humor.











lunes, 22 de octubre de 2018

Camilo José Cela o la forja de un escritor

Camilo José Cela y Marino Gómez-Santos, diciembre de 1984
De la obra de Marino Gómez-Santos, Diálogos españoles, publicada en 1958, hemos escogido una porción de citas sobre nuestro quinto Premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela, que nos ayudan a componer un esbozo más personal de su figura antes de convertirse en una celebridad literaria, acompañándolas de ilustraciones fotográficas procedentes del FDMG-S.

Queremos mostrar a un Camilo José Cela muy anterior a la concesión del Nobel (1989), en sus inicios como escritor, cuando comienza a abrirse paso en el panorama literario español de la posguerra con gran brillantez al publicar, no sin grandes dificultades, La Familia de Pascual Duarte (1942), título esencial de la novela española de la segunda mitad del siglo XX.

Cuenta Marino Gómez-Santos la sorpresa que le produjo ver en Mallorca a un Cela barbado: Yo no había visto nunca a este Camilo José Cela con barba larga. Conocía al Camilo José rasurado y casi flaco; al Camilo José andarín que volvía de la Alcarria con las botas polvorientas y un cuaderno de notas, con flores apresadas entre sus hojas, cuadriculadas y manuscritas, cogidas en el camino. Yo no conocía a este Camilo José a quien ahora empiezan a llamar don Camilo.


Cela y Marino Gómez-Santos en casa de José Villalonga, Palma de
Mallorca, 1957
A la pregunta de Marino Gómez-Santos de por qué se dejó barba, Cela contesta socarrón: Por dos razones. La primera porque me dio la gana; las segunda, porque irrita (…) el pellejo y el carácter de los demás. A la gente le causa una ira espantosa, lo cual, sobre edificante, es entretenido.

La entrevista se desarrolló afablemente, entre dos amigos, aunque un contratiempo inesperado hizo que resultara especial, tal y como cuenta Marino Gómez-Santos: De pronto, en medio del entusiasmo de la noche mallorquina, advertí que estaba febril (…) debía andar por los cuarenta grados de temperatura… Sobre los pies me colocaron el capote de Roy Campbell, el gran poeta inglés y fabuloso personaje, muerto recientemente en Portugal en un trágico accidente de automóvil. 

Marino Gómez-Santos lleva el capote de Campbell
sobre sus hombros, señal de que aún está convaleciente
Durante la entrevista, Cela habló mucho de su vida.



Nací el 11 de mayo de 1916, en Iria Flavia, lugar del Ayuntamiento de Padrón, al sur de la provincia de La Coruña, al fondo de la ría de Arosa, banda de estribor. 

Es el tiempo de las vacas gordas en la familia, y se me educa para tonto. Libré de verdadero milagro. Tengo una niñez delicada, y paso frecuentes enfermedades. Tampoco tenía, por lo visto, demasiado sentido del equilibrio, porque rodé por la escalera, y me caí de un balcón. Al final, aunque por tablas, me libré siempre.

Recuerdo con verdadero espanto los colegios adonde fui, porque me trataban mal y me pegaban. Hice el bachiller a trancas y barrancas.

De Dick Turpin y Buffalo Bill paso sin transición alguna a la obra de Ortega (…) y a la colección de clásicos castellanos de Rivadeneyra, que me leo entera…

Comencé a leer a Baroja en el diario Ahora, y en seguida empecé a sentir una especialísima atracción por su directa y concisa manera de decir.

De los novelistas vivos, Baroja fue un maestro para Cela. De las
letras clásicas en castellano siempre releyó tres y en este
orden de importancia: El Lazarillo, El Quijote y La Celestina

Me matriculo aquí y allá y me aburro en todas partes. Compongo poesías y siento un desprecio absoluto por todo lo que me rodea. Las costumbres me parecen estúpidas, y las instituciones huecas. 

Me sacó de mi marasmo mi respetado amigo Pedro Salinas, a quien tanto debo, tan extraordinario poeta como cordial y entrañable mentor.

Gracias a Pedro Salinas (el poeta del amor) descubrió Cela a Juan Ramón Jiménez (el poeta puro), a Antonio Machado (quizás, el mayor poeta contemporáneo) y a Azorín (el prosista escueto y evocador), sobre los cuales dijo “me parecieron –y me siguen pareciendo- tres gigantes”

Borrador corregido y firmado por Azorín

1952. Marino Gómez-Santos en la casa de Azorín de la
Calle de Zorrilla de Madrid
Leo a los poetas de la generación del veintisiete, a mi juicio la más importante generación de poetas del mundo de aquel momento y también la más importante generación de poetas españoles desde el Siglo de Oro.

De su visión de la literatura, Cela confiesa "Yo no sé qué es eso de proyectar una novela, porque yo no la proyecto: la escribo. Me invento un personaje y lo suelto a andar. Si está bien creado, sus andanzas y malaventuras son una novela. Si está mal creado, se muere de asco, y en paz (...) Esos escritores que hablan mucho de literatura me han dado siempre muy mala espina. Ahí tienes el caso de Hemingway, que la literatura le tiene sin cuidado, y hace bien. Lo que tienen que hacer los escritores es escribir y dejarse de filiaciones, antecedentes, monsergas y otras entretenidas maneras de perder el tiempo.


Hemingway en El Escorial, 6 de octubre de 1956
Sobre La Familia de Pascual Duarte, que escribió en una cocina, cuenta que "los editores me lo rechazaban sistemáticamente (...) le llevé el libro a Ramón Ledesma Miranda para que me diese su opinión y más o menos me dijo que cambiase de oficio, que todavía era joven para ensayar otros caminos. También me dijo que no Fernando Vela, de la Editorial Revista de Occidente."

Cela le pidió a Baroja un prólogo para su Pascual Duarte, a lo que don Pío contestó: “Oiga usted, si quiere usted ir a la cárcel, vaya solo; yo ya no tengo edad para que me lleven a la cárcel. Yo no hago el prólogo; yo no tengo ganas de ir a la cárcel ni con usted ni con nadie.” 

Baroja paseando por Madrid en junio de 1948,
acompañado por miembros de su tertulia
Para Camilo José Cela, el escritor es heredero de una tradición literaria y de un idioma, que ha de entregar mejorados a quienes le suceden: "La literatura es como una carrera de antorchas: cogemos el relevo, para seguir corriendo, donde nos lo entregan los que vienen detrás."

Hemingway, siendo Premio Nobel, visita a Baroja, al que siempre admiró,
dos semanas antes de su muerte, acaecida el 30 de octubre de 1956.
Baroja pidió ser enterrado como ateo en el cementerio civil de Madrid

Hemingway y Cela en el entierro de Baroja, el 31 de octubre de 1956.
Cela es ya un autor prestigioso. Ha publicado, entre otras obras, 
La Familia de Pascual Duarte (1942), La Colmena (1951), 
Pabellón de Reposo (1943), Nuevas andanzas y desventuras de 
Lazarillo de Tormes (1944),Viaje a la Alcarria (1948) y 
Mrs. Caldwell habla con su hijo (1953)

Cela ya es una celebridad. Sale de su casa de Madrid
de la calle Ríos Rosas nº 54


lunes, 8 de octubre de 2018

Severo Ochoa: el camino hacia el Premio Nobel



El 1 de octubre de 2018, el Instituto Karolinska concedió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina a los inmunólogos James P. Allison y Tasuku Honjo, por sus esperanzadores descubrimientos sobre la estimulación del sistema inmunitario para hacerlo más eficaz contra las células tumorales. Coincide esta noticia con la presentación por parte de la URJC del primer Máster universitario en España sobre inmunooncología, especialidad de la que se esperan grandes logros en la lucha contra el cáncer.


Hace cincuenta y nueve años, en 1959, otro médico español, nacionalizado estadounidense, Severo Ochoa, recibió idéntico honor por la síntesis del ácido ribonucleico, completando el reducido elenco de científicos españoles galardonados desde entonces. Sin los descubrimientos de Severo Ochoa, el Nobel de Medicina de 2018, así como otros anteriores, no habría sido posible. 



De todas las personalidades de las que el FDMG-S contiene documentación, Severo Ochoa es, con seguridad, la que más aporta y en más formatos: manuscritos, documentos administrativos, ensayos, noticias, entrevistas, crónicas de prensa, fotografías, diapositivas, grabaciones de audio y películas. Esto es debido a que Marino Gómez-Santos, además de biógrafo, fue su amigo fiel y devoto, albacea de su legado y secretario del primer patronato de la Fundación Carmen y Severo Ochoa.

Severo Ochoa fue un hombre humilde consagrado a su trabajo, condiciones del buen científico. No extraña que confesara en su autobiografía que “Hasta la saciedad he repetido que no tiene mérito alguno dedicar la vida a hacer aquello que más se desea por encima de todo.”

Pero no le bastaron con la humildad, el talento, la curiosidad y el amor a la investigación para alcanzar sus logros. Sin su mujer, con la que compartió anhelos, dudas y éxitos, Severo Ochoa, quizás, no habría alcanzado la cima a la que sólo llegan unos pocos. Ochoa no se cansó de repetir, por ser verdad grande y constante, que “… Carmen ha sido la promotora más enérgica y entusiasta de todo cuanto he podido realizar en esta vida y el más firme apoyo que he tenido en mis aspiraciones de hacer algo que no fuese intrascendente.”

Carmen García-Cobián. Julio de 1936

Ochoa siempre mostró su gratitud al primer Premio Nobel de la Medicina española, Santiago Ramón y Cajal. Así lo testimonian las siguientes palabras que rememoran su llegada a la Facultad de Medicina de Madrid:  “Los descubrimientos del gran neurohistólogo español (...) me habían impresionado y soñaba con tenerle como profesor de histología (…) No puedo describir lo decepcionado y triste que me sentí cuando me di cuenta de que el septuagenario Cajal se había retirado de la cátedra…” 

Santiago Ramón y Cajal, que en palabras de
Severo Ochoa, fue "el más grande hombre de
ciencia que España ha tenido"

Marino Gómez-Santos advierte que desde el ingreso en la Facultad de Medicina a Severo Ochoa le atrae la Fisiología, "tanto por el interés de la materia como por la atractiva personalidad de don Juan Negrín (...) que le ofreció una visión del mundo de la ciencia totalmente desconocida y (...) estimulante."

El Doctor Juan Negrín López, maestro de Severo
Ochoa y fisiólogo eminente
En la Facultad de Medicina también conoce a otros profesores, entre los que destaca un discípulo de Ramón y Cajal, don Teófilo Hernando, gran terapéutico y farmacólogo. Así lo subraya con las siguiente palabras el propio Ochoa: “Puedo decir, y lo he dicho muchas veces, que después de Negrín, quizás la persona que más influyó sobre mí y que más me ha estimulado fue don Teófilo Hernando”
El Doctor Teófilo Hernando Ortega trajo la
farmacología científica a España

Ya licenciado, “Ochoa piensa cumplir de modo inmediato lo que más desea desde hace algún tiempo: salir al extranjero para completar su formación. Escribe al profesor Meyerhof y tiene la suerte de ser admitido. Se va a Alemania.” tal y como relata Marino Gómez-Santos en su obra titulada Severo Ochoa.


En 1929, Severo Ochoa, con la recomendación de Negrín
(nota autógrafa y en el margen derecho del documento), solicita
 a la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones 
Científicas una beca para proseguir su formación en Alemania,
con el profesor Meyerhof

En 1922, el fisiólogo alemán Otto Meyerhof
recibió el Premio Nobel de Medicina
junto con otro fisiólogo, Archibald Vivian Hill.
Para Severo Ochoa, Meyerhof fue revolucionario,
original y brillante, uno de los científicos más
destacados del siglo XX
Tras su estancia en Heidelberg y su breve regreso a España, Severo Ochoa proseguirá sus trabajos científicos de nuevo en Alemania y en Inglaterra. Es en 1940, tras años fecundos de formación, cuando llega a EEUU, lugar en el que se asentaría definitivamente. Como afirma Marino Gómez-Santos, allí se manifestó desde el principio una forma de trabajar que refleja un modo de ser: “En el laboratorio establece un orden que desde siempre ha sido peculiar de su carácter. Los instrumentos de trabajo (…) están en todo momento como en situación de revista militar” 




Tras años de investigación, en 1955, Severo Ochoa logró por vez primera que un RNA de alto peso molecular se sintetizara fuera de la célula, en un tubo de ensayo.

Medical News
El 16 de octubre de 1959, Ochoa recibe, junto con el doctor Kornberg, el telegrama en el que se le notifica la concesión del Premio Nobel de Medicina por la síntesis del ácido ribonucléico, descubrimiento clave para el desciframiento del código génetico y para la comprensión de los procesos de la vida.

Severo Ochoa celebra con su equipo la noticia
de la concesión del Premio Nobel de Medicina 

El Rey Gustavo de Suecia entrega el Premio Nobel
a Severo Ochoa 

En su discurso de recepción del Nobel, Severo Ochoa recordó lo siguiente: “Como natural de España (…) fui profundamente influido por mi gran predecesor Santiago Ramón y Cajal (…) Entre los grandes nombres, que ilustran la lista de los ganadores de Premios Nobel en Medicina, está el de Otto Meyerhof, mi admirado maestro y amigo, a cuya inspiración, guía y ánimos tanto debo. También he tenido la fortuna de trabajar bajo la dirección de otros grandes científicos, y deseo reconocer mi deuda con Sir Rudolph A. Peters y con los laureados Premios Nobel Carl y Gerty F. Cori…” A lo que añade, en otra declaración de humildad y honradez que “mis trabajos no hubieran sido posibles sin la devota ayuda de los estudiantes de investigación de distintos países, con los que he tenido la fortuna de estar asociado durante años.”

Copia de una página del manuscrito de Severo
Ochoa de su discurso de recepción del Premio Nobel


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