jueves, 26 de marzo de 2020

La medicina frente a las pandemias: el Covid-19


Fotografía realizada hacia 1930. El doctor Gregorio Marañón en el Hospital Provincial de Madrid,
rodeado de sus colaboradores
Por vez primera en la historia de España se ha decretado una cuarentena nacional provocada por una pandemia global, que también obliga a muchos otros países a ordenar confinamientos masivos de la población de una magnitud sin precedentes. Cuando se escriben estas líneas el confinamiento forzoso afecta ya a más de un tercio de la población mundial.

La lucha de la medicina contra las enfermedades infecciosas es un capítulo heroico e inconcluso de su historia, al que hoy se añaden, por desgracia, nuevas páginas que se escriben a la vez con dolor y con valentía, sabiendo que los sacrificios y sufrimientos del presente serán los alivios y remedios del mañana.

Desde sus orígenes la medicina libra batallas contra los agentes que producen infecciones en el ser humano, que sólo comienzan a ganarse cuando se conocen la estructura, el funcionamiento y las formas de transmisión del patógeno.

En esta epopeya el descubrimiento de las vacunas supuso un hecho de una trascendencia absolutamente extraordinaria, por más que ciertos grupúsculos fanatizados nieguen aún, contra toda evidencia, su eficacia.

El siglo XXI ha comenzado con muchos sobresaltos infeccioso-epidémicos. Ahí están el SARS en 2002, la gripe A en 2009 (que fue declarada pandemia por la OMS), los brotes mortíferos de ébola en 2014 y 2019, el rebrote de la poliomielitis en 2014 y el zika en 2016. Lo que diferencia al covid-19 de todas las epidemias anteriores es su enorme impacto en los países desarrollados.

Queremos traer aquí dos referencias del Fondo Documental Marino Gómez-Santos que nos parecen oportunas e ilustradoras de esta guerra sin cuartel de la medicina contra los patógenos infecciosos, ahora que un nuevo virus que ha saltado de los animales al hombre, el covid-19, ha provocado una pandemia mundial que pone en jaque a Estados y sociedades de los cinco continentes.

La primera referencia nos la proporciona el doctor Juan Antonio Alonso Muñoyerro (1886-1971), que en entrevista realizada por Marino Gómez-Santos y publicada en Tribuna Médica, nos relata la espantosa letalidad de las enfermedades infecciosas en los niños de las inclusas.


Entrevista realizada por Marino Gómez-Santos al doctor Muñoyerro,
publicada por Tribuna Médica

El doctor Muñoyerro relata que en 1915 ingresó en la inclusa de Madrid para estudiar, junto con el doctor Bravo Frías, la terrible mortalidad de los niños que albergaba.

Al principio, francamente, nos asustamos, porque se morían los niños como no se puede usted hacer idea. Y nos preguntábamos: ¿acaso nosotros no conocemos la especialidad y somos culpables de esta mortalidad tremenda? (…) Un pediatra, Schlosmann, llamó a las inclusas necrópolis infantiles. Los niños se morían del ochenta al noventa por ciento (…) según epidemias y épocas.
El estudio duró tres años, desde 1915 hasta 1918, fecha de inicio de la mal llamada “gripe española” ¿A qué conclusión llegaron ambos doctores?

El doctor Muñoyerro la resume así:

Después de consultar las historias clínicas (…) que pasaban de las seis mil, así como el resultado de las autopsias, estudios de laboratorio, etc., llegamos al convencimiento de que la causa principal eran las infecciones y los trastornos nutritivos.
Dicho en otras palabras, las infecciones diezmaban a los niños mal alimentados y abandonados en el torno por prejuicios absurdos o por la extrema miseria de sus familias, siendo muchas de ellas en la actualidad perfectamente evitables gracias a los avances en vacunación, antibióticos y profilaxis.


Entrevista realizada al doctor Gregorio Marañón por Marino Gómez-Santos,
publicada por Tribuna Médica
La segunda referencia alude al doctor Gregorio Marañón (1887-1960) en los inicios de su carrera como interno. De nuevo en Tribuna Médica, Marino Gómez-Santos, biógrafo del gran médico, nos refiere lo siguiente:

“Al ganar la plaza de médico de la Beneficencia Provincial (de Madrid) tenía Marañón definida perfectamente lo que iba a ser su trayectoria. Solicitó la asistencia al Departamento de Enfermedades Infecciosas, instalado a la sazón en el último piso del hospital. Uno de sus discípulos describió en 1935 el ambiente de este primer servicio del doctor Marañón:”

Salas abuhardilladas, más bien pasillos, sin casi ventilación, en donde se mezclaban toda suerte de infecciones y en las que las frecuentes epidemias acumulaban tal cantidad de pacientes que materialmente faltaba el sitio para moverse entre las camas…  (pacientes a los que el doctor Marañón daba) … asistencia que muchas veces se prolongaba día y noche, sin escatimar esfuerzos y sacrificios, incluso el de la salud.
"Muchas veces hemos oído referir a don Gregorio cómo su maestro, el doctor Madinaveitia (1861-1938), pasaba la visita encorvado para no tropezar con aquellos techos bajo las buhardillas. Era Marañón interno suyo cuando asistió a toda la obra de derribar las buhardillas para hacer salas (…) Fue una labor personal y meritísima de Madinaveitia”

… que inició la transformación de la arquitectura del hospital vetusto para convertirlo en un hospital moderno.
“Marañón comenzó su actuación en el hospital, como médico de la Beneficencia Provincial con el mismo espíritu renovador de su maestro. Desde el primer momento, sus decisiones -que iban a dar impulso a un nuevo concepto de la medicina hospitalaria- fueron observadas en el establecimiento con gran expectación y, a veces, con escándalo de los timoratos.”

Decía Marañón:

Yo, ya de una generación distinta y formado al lado de Madinaveitia, el santo rebelde, tampoco me avine a que permanecieran en aquellos locales los enfermos hacinados; y entonces hice una campaña, que todavía alguno de esta casa recordará, campaña juvenil, y por genuinamente juvenil, violenta, que me costó dos expedientes de la Diputación de los cuales escapé bien, probablemente porque mi buen padre era entonces diputado.

El doctor Marañón difundió dos tipos de medidas para combatir las infecciones: la profiláctica y la farmacológica. Esta última, por ejemplo, dando a conocer en España el salvarsán (o arsénico que salva), compuesto que conoció en Alemania de su descubridor, el doctor Paul Ehrlich (1854-1915), Premio Nobel de Medicina, para curar la sífilis, que es una infección bacteriana. 

Hay una enseñanza en estos dos ejemplos que puede aplicarse en la coyuntura actual: que el mejor escudo contra la enfermedad es la ciencia y su correcta aplicación, y que los bulos y las mentiras, que se propagan por las redes sociales más rápidamente que los virus por el aire, agrandan la letalidad de las epidemias.

Escuchemos, por tanto, a la medicina y a las matemáticas con la atención que merecen.

¿Qué nos dice la medicina de la actual pandemia?

Por los datos científicos que se conocen, la tasa de infección del covid19 es de entre 2 y 3 (RO de 2’68), lo que significa que cada infectado contagia a su vez entre dos y tres personas.

También sabemos que el virus se transmite por gotas respiratorias del infectado a las personas sanas, bien directamente o por tocar objetos contaminados cuya carga viral acaba entrando por boca, ojos o nariz.

Es casi seguro que el virus tiene un origen zoonótico.

Además, sabemos que hay un período asintomático de hasta 14 días en el que un infectado, sin saber que lo está, puede contagiar a las personas con las que tiene contacto, de ahí la vital importancia de las pruebas fiables de diagnóstico y del rastreo de contactos a gran escala.

¿Y qué nos dicen unas matemáticas básicas sobre la progresión de la enfermedad?

Que cada día se infecta un número determinado de personas, que por ahora aumenta con respecto al día anterior con una tasa creciente. En consecuencia, sabemos que el día 1 hubo x infectados, que el día 2 hubo x+y infectados y así hasta el último día del que tenemos datos.

Que en esta progresión siempre se cumple lo siguiente: el incremento de infectados entre un día posterior y otro anterior es igual a los infectados del día posterior menos los del día anterior.

Por tanto, es fundamental averiguar cuál será la cantidad de nuevos infectados en cualquier día, que llamaremos (n), para predecir con algo de rigor cómo y cuándo se estabilizará y bajará la curva de la progresión de contagios.

Una relación elemental (sin tener en cuenta a recuperados y fallecidos) nos lleva a considerar que la cantidad de nuevos infectados en cualquier día (n) será igual al nivel de exposición (e) que tengamos (que puede ir del aislamiento total a la libertad absoluta de circulación), multiplicado por la probabilidad de contagio (p) (que va de la higiene y precaución perfectas a la falta de cualquier medida profiláctica) multiplicado a su vez por el número de infectados (i).

De estar relación básica se deduce que el número de infectados de cualquier día posterior es igual al número de infectados del día anterior multiplicado por una constante: (ep+1)

Si (ep+1) es igual a 1, los infectados del día posterior son iguales a los del día anterior. Quiere esto decir que la progresión de la enfermedad se ha parado y, con ella, el aumento de la presión sobre el sistema sanitario. 

Si (ep+1) es inferior a 1, el número de infectados disminuye con respecto al día anterior, reduciéndose la presión sobre el sistema sanitario. 

En cambio, si (ep+1) es superior a 1, la progresión de la enfermedad aumenta, tanto más cuanto mayor sea a uno, llevando al sistema sanitario a una situación de gravísimo riesgo y de colapso.

¿Y de qué depende que (ep+1) sea mayor o menor que 1? Del nivel de exposición, de la higiene y de la protección.

Las matemáticas y la medicina coinciden con el sentido común y con las normas de las autoridades sanitarias, que son las siguientes:

· Es vital el confinamiento en casa de los sanos y de los leves para reducir al máximo la exposición de todos (e).

· Y tan imprescindible como lo anterior es seguir escrupulosamente las medidas higiénicas y de autoprotección. Para esto último, la protección, quienes atienden al público han de contar con medios adecuados (distancia mínima, mascarillas, guantes, desinfectantes, trajes, etc…) especialmente si hablamos del personal sanitario que trata a los enfermos, de los cuidadores de mayores y de quienes velan por la seguridad y el cumplimiento de las normas, sin olvidar, por supuesto, al resto de trabajadores que, de una manera invisible, mantienen la cadena de servicios y de suministros esenciales.

Ponemos nuestras esperanzas de cura en el conocimiento que nos da la ciencia, en la organización racional de los recursos de que disponemos y en el cuidado heroico que nos dispensa el personal sanitario. Pero no basta. También debemos reforzar nuestra responsabilidad individual y cambiar nuestra mentalidad.

Los que vivimos estos momentos tan decisivos, en el futuro, recordaremos este tiempo tan aciago en el que, también, asoman rayos de esperanza. Esta pandemia está corroborando verdades que aún no están del todo asentadas y que es preciso blindar para el futuro, de modo que no se pongan nunca en duda.

En primer lugar, la premisa de que la colaboración científica es fundamental y muy efectiva, sin fronteras ni intereses espurios que la estorben, para que los hallazgos de unos alimenten las investigaciones de otros y, así, conseguir cuanto antes paliativos y remedios adecuados a la pandemia.

También, que la ciencia y el conocimiento abiertos son un imperativo moral y un derecho humano. Por ejemplo, en esta emergencia es ya habitual que los artículos científicos que proponen esperanzadoras líneas de investigación se publiquen en abierto antes de ser revisados por pares.

Se corrobora que el gasto en conocimiento y en talento científico es la mejor inversión que puede hacer una sociedad.

Y, finalmente, que la simbiosis entre diferentes disciplinas científicas y técnicas (medicina, ingeniería, informática, matemáticas, farmacología, bioquímica, genética, ecología, veterinaria, nanotecnología, inteligencia artificial, etc…) no sólo nos hace más sabios sino, también, mejores para enfrentar los desafíos globales y existenciales que nos aguardan.

Nos equivocaríamos por completo si pensáramos que este episodio decisivo no será, a su término, más que una interrupción dramática de las rutinas personales, que tarde o temprano volverán como si no hubiera pasado nada.

miércoles, 26 de febrero de 2020

La república de las artes y de la música


Primera página de la entrevista realizada por Marino Gómez-Santos
a Ernesto Halffter, publicada en Los Domingos de ABC
el 11 de agosto de 1968

En los años que van desde la crisis del 98 hasta la Segunda República culminó en nuestro país una fecunda simbiosis entre las artes, las letras y las ciencias, que se inició, conviene consignarlo, en el último tercio del siglo XIX con figuras de la talla de Benito Pérez Galdós (1843-1920) y Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), entre otros.

En esta época de esplendor cultural que abarcó cinco generaciones de intelectuales (1868, 1883, 1898, 1914 y 1927) cada faceta y disciplina del pensamiento irradió sus audacias, rupturas y logros sobre las demás, dando como resultado la llamada Edad de Plata de la cultura española, término felizmente acuñado por José-Carlos Mainer.

Coincide la Edad de Plata, por tanto, con un período de conmociones y de cambios sociopolíticos que también afectaron al resto de Europa, confirmándose que las crisis existenciales, por dolorosas que sean, estimulan enormemente el avance del pensamiento y del saber. En estas décadas turbulentas, la cultura, en su sentido más amplio, se transformó superando antiguos horizontes a partir de tres nuevas formas de ver, interpretar y representar un mundo que se presentía gastado: el psicoanálisis, la nueva física (relativista y cuántica) y las vanguardias en las artes.

Del mismo modo que hubo una Generación del 27 de literatos, hubo otra de músicos muy notables formada, entre otros, por el Grupo de los Ocho, que se constituyó en Madrid en noviembre de 1930, teniendo como sede la Residencia de Estudiantes. Su juvenil lema era renovar el lenguaje musical español y conectarlo con las corrientes musicales europeas. El grupo lo integraron Fernando Remacha (1898-1984), Juan José Mantecón (1896-1964), Salvador Bacarisse (1898-1963), Julián Bautista (1901-1961), Rosa García Ascot (1902-2002), Gustavo Pittaluga (1906-1975) y los hermanos Halffter, Rodolfo (1900-1987) y Ernesto (1905-1989).

Estos jóvenes compositores tuvieron diferentes magisterios, destacando los de Conrado del Campo (1878-1953), Óscar Esplá (1886-1976) y, sobre todo, el de Manuel de Falla (1876-1946), maestros a los que se unieron Maurice Ravel (1875-1937), Enrique Granados (1867-1916) y el principal teórico del nacionalismo musical español, Felipe Pedrell (1841-1922). 

Para realizar su tarea de renovación de la música española, los compositores del Grupo de los Ocho tenían que ir más allá de sus maestros, pero integrando lo mejor de sus enseñanzas, asunto especialmente difícil en el caso de Manuel de Falla, por su cercanía y talla creativa gigantesca.

El Fondo Documental Marino Gómez-Santos contiene documentación de los dos hermanos Halffter, Rodolfo y Ernesto, iniciadores de una saga de músicos y compositores españoles que, con Cristóbal Halffter (1930), extiende su influencia sobre la segunda mitad del siglo XX, prolongándose en la actualidad con Pedro Halffter (1971), también compositor y director de orquesta, además de conferenciante y divulgador musical.

La relación entre los hermanos Halffter y otros creadores y artistas de su generación fue muy intensa, como corresponde a un tiempo en el que el compositor, al igual que el poeta, el pintor, el escultor, el filósofo, el cineasta o el científico eran, además, intelectuales, autoridades y referentes sociales.

Ernesto Halffter compuso la música para dos poemas (La corza blanca y La niña que se va al mar) de Marinero en Tierra de Rafael Alberti (1902-1999), obra en la que figura, además, un poema dedicado al compositor. También le dedicaron poemas sus queridos amigos Federico García Lorca (1898-1936), el titulado Cortaron tres árboles, con el que colaboró en numerosos proyectos, y Gerardo Diego (1896-1987), la Balada amarilla para orquesta de cuerda, poetas ambos que tenían una formación musical muy notable. Recordemos que Gerardo Diego era también músico y crítico musical y que Lorca componía e interpretaba al piano con garbo y estilo. Además, Salvador Dalí (1904-1989) ilustró dos de sus obras, la Marche Joyeuse, de 1922 y las Tres piezas infantiles: Sérenade, Valse y Petite Marche, de 1923.


Fotografía de Ernesto Halffter

De igual modo fueron destacadas las colaboraciones de Rodolfo Halffter con los poetas Federico García Lorca, Rafael Alberti (sobre el que compuso las cinco canciones del ciclo Marinero en Tierra) y Gerardo Diego. También con el pintor Benjamín Palencia (1894-1980), con José Bergamín (1895-1983) (compuso un ballet, Don Lindo de Almería, sobre un libreto del escritor y ensayista) y con el director de cine Luis Buñuel (1900-1983). A su condición de compositor se unió su faceta temprana de redactor de mesa en el diario La Voz, periódico vespertino madrileño que complementaba a El Sol, en el que también participaron, entre otros, intelectuales de primer orden sobre los que el Fondo Documental Marino Gómez-Santos contiene referencias y documentación, como Ortega y Gasset (1883-1955), Tomás Borrás (1891-1976) y Ramón Pérez de Ayala (1880-1962).

Otro músico del Grupo de los Ocho que tiene relación indirecta con el Fondo Documental Marino Gómez-Santos es Gustavo Pittaluga (1906-1975), hijo del doctor Pittaluga (1876-1956), médico que fue maestro de Gregorio Marañon (1887-1960) y de Teófilo Hernando (1881-1976), personalidades éstas sobre las que el Fondo Documental contiene abundantes y valiosas referencias. Gustavo Pittaluga hijo, que además de compositor fue director de orquesta, colaboró con Federico García Lorca y trabó relación con Luis Buñuel.

Finalmente, para reseñar la importancia del Grupo de los Ocho, mencionemos que Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) les dedicó un artículo elogioso en El Sol.

Las trayectorias musicales de los Halffter ejemplifican la evolución de la música clásica del siglo XX y sus tensiones creativas, que son tan antiguas como la historia de la música, que es una historia, ante todo, de su creatividad, porque nunca en las artes se parte de cero y nunca en las artes está todo hecho y dicho.

La música en el siglo XX, al igual que el resto de las artes, experimentó profundos cambios estéticos y formales, con gran proliferación de estilos y escuelas. Este proceso de transformación de la música, que aún continúa, no fue una novedad. Ocurrió en numerosas ocasiones porque la música, como la vida, es movimiento atraído por dos polos: el del orden y el de la aventura, como diría Apollinaire, o el del manierismo y la deshumanización, orteguianamente hablando. Así, por ejemplo, en los siglos XIV y XV, gracias a las aportaciones de la escuela franco-flamenca, la música medieval pasó del intrincado ars subtilior a una música para el goce individual basada en armonías claras, formas sencillas y ritmos naturales. Toda una revolución estética que se sumaría a otras (la tradición siempre nace de la renovación) sin las cuales no habrían existido Bach, Mozart, Beethoven o los hermanos Halffter.

Ernesto Halffter cultivó el neoclasicismo, siendo su mayor influencia la de Falla, maestro al que veneraba, a la que se sumaron las enseñanzas e inspiraciones de Maurice Ravel (1875-1937), Igor Stravinsky (1882-1971) y Claude Debussy (1862-1918). A estas influencias coetáneas se unían el estudio profundo de las obras de Domenico Scarlatti (1685-1757) y del Padre Antonio Soler (1792-1783), con sus referentes tardobarrocos y clasicistas respectivamente.

Ernesto Halffter, que fue becado por la Junta de Ampliación de Estudios, irrumpió jovencísimo, a los 22 años, en el panorama musical español con una obra excepcional, su Sinfonietta (1925), que fue premiada por unanimidad en el Concurso Nacional de Bellas Artes convocado por el Ministerio de Instrucción Pública para el curso 1924-25. Prueba de la calidad e importancia de esta obra, que se estrenó el 5 de abril de 1927 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, es que sigue programándose en conciertos casi un siglo después.

El ideario musical de Ernesto Halffter fue fiel al consejo que recibió de su gran maestro, Manuel de Falla, que le señaló lo siguiente:

“No se deje cautivar por lo que otros hagan, no se aparte nunca y por razón alguna de la ley eterna de la tonalidad.”

Prueba de ello es que cuando Ernesto Halffter expuso su visión de la música en una entrevista que le realizó Marino Gómez-Santos, que fue publicada en Los Domingos de ABC el 11 de agosto de 1968, afirmó:

“Los principios de Schönberg han tenido consecuencias de gran importancia en la evolución de la música contemporánea (…) A veces, sin embargo, las cosas se han extremado hasta caer en nuevos academicismos o abuso de algunos elementos musicales con preterición de otros. Así, lo que podríamos llamar deificación del timbre o el efecto sonoro. Por bellos que resulten en ocasiones, no me parecen suficientes para lograr una construcción musical que suponga un real y total avance en la evolución de la música.”

Por otra parte, en cuanto al valor de la novedad, afirmaba en la misma entrevista que:

“Se abusa también de la adjetivación “actual”, de la que pretenden apropiarse, en exclusiva, tal o cual grupo o corriente. Grave error. Yo me considero tan actual como un postserialista, un electrónico o un aleatorio. Lo que ocurre es que me mantengo fiel a raíces del mundo tonal que, por descontado, pueden cuajar en frutos de gran diversidad y a cuyo servicio puedo poner muchas conquistas de hoy y de ayer, desde Webern a Monteverdi.”



Entrevista realizada por Marino Gómez-Santos a Ernesto Halffter
con motivo del estreno de su cantata Los gozos de nuestra señora,
ABC, 27 de agosto de 1970

Distinta fue la trayectoria musical de Rodolfo Halffter, más cercano a las nuevas corrientes del atonalismo y del dodecafonismo de Arnold Schönberg (1874-1951). Como su hermano Ernesto, comenzó inspirado por Manuel de Falla, intentando superar el romanticismo nacionalista por la vía de una vuelta al clasicismo según los modelos del Padre Antonio Soler y de Domenico Scarlatti, para adentrarse después, ya en su madurez, por los nuevos y difíciles caminos de la música atonal, retornando en cierto modo al final de su etapa compositiva a los principios de la tradición musical politonal española.



Al otear su trayectoria, él mismo afirmó ser un puente entre su generación y la de los músicos españoles más jóvenes adscritos al serialismo (que protagonizaron, junto con otras figuras internacionales, la Bienal de Música Contemporánea de 1964), entre los que destacaban Miguel Ángel Coria (1937-2016), Carmelo Alonso Bernaola (1929-2002), Juan Hidalgo (1927-2018), Luis de Pablo (1930) o su sobrino, Cristóbal Halffter (1930-), músico de la talla de Pierre Boulez (1925-2016), Luciano Berio (1925-2003) o Karlheinz Stockhausen (1928-2007).


Cristóbal Halffter dirigiendo un ensayo

Entrevista realizada por Marino Gómez-Santos a Cristóbal Halffter con motivo
del estreno de su obra Anillos, publicada en ABC, el 8 de noviembre de 1969


Entrevista realizada por Marino Gómez-Santos a Cristóbal Halffter tras
su regreso del VII Festival de Royan (1970), publicada en
ABC, el 6 de abril de 1970

No se concibe la historia de la música clásica española del siglo XX sin los Halffter, que contribuyeron a renovar el panorama musical español y a situarlo en el escenario internacional, siguiendo el viejo mandato del maestro musical franco-flamenco Johanes Ciconia (1370-1412), que en su tratado titulado Nova Musica escribió una frase intemporal y muchas veces citada: “musica renovare cupimus… et inaudita imponere”, es decir, deseamos renovar la música y establecer lo que nunca antes ha sido escuchado. 

No podemos concluir estas líneas sin mencionar la esclarecedora tesis doctoral (merecedera del Premio Extraordinario de Doctorado) de Aurelio Viribay Salazar, estupendo pianista, dirigida por el Profesor Capdepón Verdú y codirigida por el Profesor Blanco Gómez, titulada La canción de concierto en el Grupo de los Ocho de Madrid. Estudio histórico y estilístico, presentada en nuestra Universidad en el año 2011, de la que ponemos el enlace para acceder a su contenido, dado que forma parte de nuestro repositorio digital, animando a los lectores a consultarla. En ella se realiza un exhaustivo estudio de "... la producción integral de canciones para voz con acompañamiento de piano compuestas por los compositores pertenecientes al Grupo de los Ocho de Madrid", piezas que por su belleza merecerían ser interpretadas con más frecuencia.

https://eciencia.urjc.es/handle/10115/11387 



Tesis doctoral del pianista Aurelio Viribay Salazar, galardonada
con el Premio Extraordinario de Doctorado de la URJC



Todos los esfuerzos que se hagan por rescatar del olvido esta parte de nuestra vida cultural son bienvenidos, no sólo como tributo a la memoria de sus protagonistas sino, también, para provecho de las jóvenes generaciones que viven bastante desconectadas del conocimiento de la historia más reciente.



martes, 10 de diciembre de 2019

Elogio del paseo


Julio de 1948. Pío Baroja pasea por las inmediaciones de su casa de la Calle de Ruiz de Alarcón (Madrid),
acompañado por los miembros de su tertulia: Gil Delgado, Luis Fernández Casas, el Doctor Arteta,
Julio Caro Baroja y una profesora inglesa.
La editorial La Felguera, especializada en obras de culto, marginales y trangresoras, acaba de publicar una selección de textos de Pío Baroja con el título Las calles siniestras. Antología del eterno paseante (2019). Recoge este libro trabajos menores del autor sobre sus paseos por los arrabales de Madrid, Londres y París, extramuros sórdidos que ejercían sobre su persona un magnetismo que excitaba su imaginación literaria.

Baroja era un gran observador de la vida de los marginados, de los bajos fondos y de los tipos humanos más extraños, convirtiéndolos en material que trasladó a muchas de sus obras, aportación sin la cual no se entiende cabalmente, por ejemplo, su trilogía La lucha por la vida: La Busca (1904), Malahierba (1904) y Aurora Roja (1905).

En La Busca (1904), Baroja describía el Madrid de comienzos de siglo, que tan bien conocía por haberlo paseado y escrutado con ojos de médico interesado por el tema del dolor, del siguiente modo:

"El madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo en invierno. La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al lado de sombra oscura; vida refinada, casi europea, en el centro, vida africana, de aduar, en los suburbios."

En Malahierba (1904), persiste la mirada barojiana, triste y sórdida de la ciudad de Madrid:

"El barrio de las Injurias se despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, a la busca, por las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros marchaban por el arroyo de Embajadores. Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y de la miseria. -Si los ricos vieran esto, ¿eh? -dijo don Alonso. -¡Bah! , no harían nada -murmuró Jesús. -¿Por qué? -Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de hambre, le quita usted la mitad de su dicha."

En Aurora Roja (1905), Baroja insiste en los mismos caracteres:

"En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente fúnebre, de una funebridad única e indivisible. Solamente podía parangonarse en especialización con ella alguna otra callejuela de barrios bajos y la calle de la justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre todo, dedicada galantemente a la diosa de las labores agrícolas, con sus casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle, resto del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la boca, que se hablan de puerta a puerta, acarician a los niños, echan céntimos a los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la comparación con aquélla, podía llamarse, sin protesta alguna, calle del Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia, el nombre de calle de la Muerte."

Baroja repasa sus manuscritos con un plano de Madrid siempre cerca
Es una estupenda noticia que la obra de Baroja siga editándose, pero aún será mejor suceso que encuentre nuevos lectores que la disfruten, para que el hilo de oro de la literatura española no se interrumpa fatalmente y sus clásicos no se conviertan, si es que ya no lo son, en un monumento ... funerario.

En fin, parece una sola cosa mencionar a Baroja e imaginarlo paseando en solitario, embutido en un grueso abrigo, con boina, paraguas o bastón. Así lo poetizó Machado:

En Londres o Madrid, Ginebra o Roma,
ha sorprendido, ingenuo paseante,
el mismo taedium vitae en vario idioma,
en múltiple careta igual semblante.
Atrás las manos enlazadas lleva,
y hacia la tierra, al pasear, se inclina;
todo el mundo a su paso es senda nueva,
camino por desmonte o por ruina.
Dio, aunque tardío, el siglo diecinueve
un ascua de fuego al gran Baroja,
y otro siglo, al nacer, guerra le mueve,
que enceniza su cara pelirroja.
De la rosa romántica, en la nieve,
él ha visto caer la última hoja.

Cuando no existían la televisión ni otras pantallas o intermediarios entre el yo y el mundo, era menester pasear para acceder al conocimiento de la sociedad y de sus gentes, realidades que son, si se piensa bien, idénticas. Acercarse a la vida social para intuirla requería pasearla, La vida se abría al paseante directamente y en todas sus formas, en crudo, sin aditamentos. Con el paseo se asistía al espectáculo de un mundo pequeño, local, en decadencia o pujante, provinciano si se quiere, pero en su materialidad y sin decorados.

Antaño, ver el mundo y pasearlo eran lo mismo. Bastaba con poner la mirada en lo importante y pensar sobre lo observado, porque pasearse significaba también discurrir sobre algo.

En el pasado, para ampliar los horizontes de lo visto, además, había que leer y cartearse, que eran formas estilizadas de aprovecharse de los paseos, de los conocimientos y de las conversaciones de otros.

Es un tópico que los peripatéticos filosofaban deambulando (“passeándose los Peripatéticos por unos portales, disputaban y adelantaban sus máximas”, en definición del Diccionario de Autoridades de 1737) y que Kant era un maniático del paseo higiénico, puntualísimo, rutinario y en soledad, como condición para filosofar después sobre la dialéctica trascendental, el fenómeno y el noúmeno.  

Rousseau escribió Las Ensoñaciones del paseante solitario (1782) tras dar muchos paseos introspectivos. Sin estos paseos e interrumpidas sus ensoñaciones, no habríamos escuchado la voz interior de su yo y el Romanticismo habría nacido defectuoso.

No acaba aquí la relación de filósofos amantes del paseo. Nietzsche, que escribió El paseante y su sombra (1880), invitaba a “no prestar fe a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre y pudiendo nosotros movernos con libertad”. También Thoreau escribió dos obritas en las que el paseo es el protagonista, A walk to Wachusett (1843) y Walking (1851), porque creía firmemente “que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana”.

En España el paseo alcanza relevancia intelectual con la crisis del 98. Como hay que repensar el país, su historia y sus gentes, como es preciso alzarlo de su postración moral y existencial, como hay que regenerarlo contra los males de la oligarquía, el caciquismo y el analfabetismo, dado que hay que reponerlo de la catástrofe aislacionista, es preciso antes caminarlo, conocerlo, asumirlo. No deben ser sólo los extranjeros quienes lo hagan, como en el siglo XIX (lo cual era síntoma de un gran atraso), por ser proclives a fijarse en lo exótico y a referir mayormente detalles fantasiosos y pintoresquismos exagerados. Han de ser españoles europeizados, con otra mirada y comprensión, quienes lo hagan.

De esa conmoción histórica vienen Francisco Giner de los Ríos y las excursiones de la Institución Libre de Enseñanza (1876-1936), con predilección por la Sierra de Guadarrama. La nueva pedagogía regeneracionista innova volviendo a los peripatéticos, para enfrentarse a la tradición de la letra con sangre entra y de la educación inmóvil, haciendo de las excursiones, de las colonias escolares y de los paseos colectivos compartidos por maestros y alumnos, métodos de conocimiento de nuestra realidad física, histórica y vital. Comienza así a practicarse una paideia de la que se beneficiaron desde su niñez algunos de los intelectuales, científicos y artistas más notables de nuestro siglo XX.

Por numerosas razones Ortega y Gasset era también un gran aficionado al paseo, muy cotidianamente por la Sierra de Guadarrama y por El Escorial. Como puntualiza Arturo Campos Lleó, desde su temprano artículo La pedagogía del paisaje (1906), Ortega y Gasset alumbra una concepción del paisaje paseado como "lugar de ideas", virándola años después hacia la fenomenología, por estimar que "el paisaje ha de ser vivido" y que "la actitud viandante crea el paisaje". El paisaje, en consecuencia, tiene para Ortega y Gasset dos planos, el superficial y el significativo, siendo el último, que mora en un sustrato profundo, la clave para su personificación.

Numerosos paseos son célebres en Ortega. Seleccionemos un par. El primero, con guía, por la provincia de Segovia, en 1913, a lomos de "una mula torda de altas orejas inquietas":

"Estas salidas, muy de mañana, por los campos fuertes tienen un dejo de voluptuosidad erótica. Nos parece que somos los primeros en hendir a nuestro paso el aire puesto sobre el paisaje, y este mismo parece que se abre a nosotros con lo poco de resistencia necesario para que nos percatemos de que somos los que rompemos esta vía hacia su corazón y al cabo de media hora: ¡Oh, qué delicia caminar por una tierra pobre, con ruinas de antiguo esplendor, una mañana limpia!"

Y el segundo, en 1937, por las calles de París, durante el exilio "doloroso y estéril", en que cae “… en la cuenta de que no conocía en verdad a nadie de la gran ciudad, salvo las estatuas … y como no tenía con quién hablar, he conversado con ellas sobre grandes temas humanos.

1952. Azorín y Marino Gómez-Santos pasean por la Carrera de San Jerónimo, a la salida del
cine Pleyer (desaparecido) de la Calle Mayor
Azorín fue otro paseante ejemplar. Escribió numerosas obras en las que el paseo es el protagonista, bien como tema o como método: De un transeúnte (1929), Valencia (1941), La ruta de Don Quijote (1905), Una hora de España (1924)... Confesaba Azorín que:

“... al llegar a una ciudad para mí desconocida, en España, siempre he procurado llegar de noche [ ... ] al día siguiente tendría, sin auxilio de nadie, que ir explorando gradualmente la ciudad; este descubrimiento era el mayor hechizo en mi visita a la ciudad desconocida".

Antonio Machado, alumno de la Institución Libre de Enseñanza, poetizó la importancia del camino y del paisaje, porque el hombre es lo que es en unión con el paisaje, ya que el paisaje tiene un alma y una verdad transmisoras que hay que descubrir. Ahí están su ejemplar Campos de Castilla (1912) y algunos de sus versos más conocidos:

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar

Unamuno contempla acompañado el paisaje de Castilla
Unamuno fue de nuestros intelectuales-escritores, quizás, el que más paseó y excursionó en un sentido filosófico, como método para captar la intrahistoria del país, que constituye su verdadera esencia.

En esos paisajes castellanos, conocidos por andados, Unamuno
ideó el concepto de intrahistoria
En al menos cuatro de sus obras el protagonismo del paseo es capital: Paisajes (1902), De mí país (1903), Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1922). Unamuno sostiene que “para conocer una patria, un pueblo, no basta conocer su alma -lo que llamamos su alma-, lo que dicen y hacen sus hombres; es menester también conocer su cuerpo, su suelo, su tierra”.

Unamuno contempla el paisaje castellano, del que forma parte inseparable, para interpretar sus metáforas.
Pasearlo y pensarlo es lo mismo

En Unamuno, el paisaje se interpreta como metáfora, está cargado de símbolos. Sin caminarlo, sin pasearlo, ese mensaje que contiene en su interior permanecería invisible y su desconocimiento sería causa de graves errores políticos y culturales.

Josep Plá con Marino Gómez-Santos, en la masía del escritor. Llofriu, Bajo Ampurdán
Del mismo modo que Unamuno, Josep Plá frecuentó el paseo y la excursión, como fase preparatoria de la escritura literaria. Se ve con claridad, por ejemplo, en su obra Cartas de Italia (1954), en la que afirma lo siguiente:

"Lo he escrito otras veces: me ha gustado y me gusta recorrer mundo. Llegar a una ciudad desconocida, dirigirme al hotel, tomar un baño, vestirme y salir a la calle al azar, a curiosear y a hacer de franco forastero, ha sido para mí una de las prácticas más agradables de la vida."

1957. Camilo José Cela pasea con Marino Gómez-Santos
por las calles de Palma de Mallorca
Para no alargar más esta relación de paseantes terminemos mencionando a Camilo José Cela, que recorrió a pie pueblos, campos y trochas para escribir Viaje a la Alcarria (1948), Del Miño al Bidasoa (1952) y Judíos, moros y cristianos (1956). Para Cela, al igual que para Unamuno, Azorín o Baroja, hay que contar, más allá de lo que refieren las estadísticas, los censos, los documentos y las historias librescas de un país, cómo es el “el olor del corazón de las gentes, el color de los ojos del cielo, el sabor de las fuentes de las montañas y de los manantiales de los valles.

El paseo, en fin, solitario o en amistosa compañía, elevado a la condición de categoría filosófica, contribuye a la introspección y afila el entendimiento, porque el acceso a la sabiduría es, ya desde Homero, un viaje que nunca acaba.

Si pensar en Baroja y en el paseo es lo mismo, también me lo parece pensar en Baroja y sentir frío. Creo que Baroja siempre tuvo frío, un frío físico que llega hasta los huesos, también en agosto, cuando las chicharras andan desquiciadas por la furia de un sol africano.

Baroja y el frío: he ahí un tema prometedor. Pero esa es otra historia.

martes, 12 de noviembre de 2019

Margarita Salas Falgueras, pionera de la biología molecular


El 7 de noviembre de 2019, a los 80 años de edad, falleció Margarita Salas Falgueras, introductora de la biología molecular en España y discípula de Severo Ochoa.

Margarita Salas estudió Ciencias Químicas en una época en la que las mujeres, desgraciadamente, estudiaban muy poco, y aún menos disciplinas científicas. Pertenecer a una familia ilustrada y liberal le ayudó mucho en su elección. Su padre, sobrino de Claudio Sánchez Albornoz, era psiquiatra y su madre era maestra. También resultó decisivo para su trayectoria intelectual que con 16 años de edad acudiera a una conferencia dictada por Severo Ochoa, en la que quedó fascinada por los asuntos que el científico trató.

Debido a su brillantez recibió el apoyo de Severo Ochoa, que no estaba contaminado por el prejuicio del machismo, al que le unía un lejano parentesco. En primer lugar, Ochoa facilitó que fuese Alberto Sols quien dirigiera su tesis doctoral. Una vez realizada con éxito, aceptó que Margarita Salas participara en investigaciones primordiales en su laboratorio de Nueva York entre 1964 y 1967. Al terminar su estancia postdoctoral, Margarita Salas regresó a España para traernos nada más y nada menos que la biología molecular.

Reunión preparatoria de la Sociedad Española de Bioquímica. Santander, 1961.
Entre otros, los doctores Rodríguez Candela, Jiménez Díaz, Santiago Grisolía, Severo Ochoa,
Alberto Sols, Federico Mayor Zaragoza, Villasante, Vivanco, Francisco Escobar
y Margarita Salas (en el centro de la fotografía, la quinta por la derecha)


En su biografía de Severo Ochoa, Marino Gómez-Santos nos recuerda los tiempos de trabajo de Margarita Salas en el laboratorio del Departamento de Bioquímica de la Universidad de Nueva York:

En esta época, y siguiendo la lógica del avance en las observaciones, Margarita Salas encuentra que cuando se utilizan ribosomas más purificados de lo habitual en los sistemas acelulares de síntesis de proteínas, estos pueden traducir los mensajeros sintéticos, pero no los naturales como el RNA de los virus MS2 o Qbeta. La búsqueda de cuáles serán los componentes de los ribosomas eliminados en la purificación, pero necesarios para la traducción de mensajeros naturales, conduce al descubrimiento de los factores de iniciación de la síntesis de proteínas. Estos factores son proteínas cuyo concurso se requiere para que el ribosoma inicie la traducción de los mensajeros naturales. Su estudio ocupará la mayor parte de la actividad científica de Ochoa durante muchos años.



Tras la experiencia norteamericana, Margarita Salas asistió a la difícil y larga creación del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBM), que era para su maestro una necesidad histórica para España, que debía conseguir una ciencia y una tecnología propias. En esos años, además, Margarita Salas decidió estudiar algo minúsculo y en apariencia vulgar: un tipo de virus bacteriófago llamado phi29, relativamente simple por tener sólo 20 genes, fácil de manipular e inocuo para el ser humano. Una especie de mosca de la fruta muy a propósito para estudios de biología  molecular.  

Partió de una intuición sencilla, propia de la ciencia básica: quizás se descubra algo relevante sobre los mecanismos básicos de la vida si se desentraña la estructura molecular y genética de este virus tan simple. Y así fue, como tantas veces ocurre en la ciencia porque todo está interrelacionado: en cada parte del mundo reside la totalidad y viceversa.

Con esfuerzo y talento, Margarita Salas y sus equipos de investigación han realizado grandes descubrimientos como la dirección de lectura del código genético, los mecanismos de fabricación de proteínas y una polimerasa, la ADN polimerasa del virus bacteriófago phi29, que ha reportado, tras patentarla, más de seis millones de euros en regalías.

Esta ADN polimerasa tiene una propiedad excepcional: amplifica el ADN con una margen de error muy bajo. Quiere esto decir que con muy poco ADN pueden lograrse multitud de copias fieles al original que pueden ser estudiadas y analizadas a voluntad.

Los descubrimientos de Margarita Salas, en su aplicación, contribuyen a un avance de la medicina que ya está revolucionando las terapias: el análisis genético individualizado a partir de cantidades mínimas de ADN, para lograr tratamientos médicos a medida, lo que salvará muchas vidas y pondrá remedio a enfermedades incurables.

La lista de los premios y honores recibidos por Margarita Salas es interminable, abarcando las ciencias y las letras, porque la cultura es, en el sentido más elevado, el resultado de la suma de ambas. Basta con consignar una distinción aquí: fue nombrada doctora Honoris Causa por la URJC en 2008.

El ejemplo vital e intelectual de Margarita Salas corrobora verdades que son cuestionadas en estos tiempos de miradas miopes que nos llevan a tiempos que creíamos felizmente superados.

La investigación básica es fundamental para que exista innovación, esto es, aplicación concreta de los descubrimientos.

La investigación básica genera conocimiento verdadero y éste, aplicado rectamente, produce la mejora de la sociedad, medible en bienestar, riqueza y sabiduría. De aquí se deduce que la sociedad que daña la investigación básica se daña a sí misa en lo más profundo, además con efecto perdurable puesto que el avance del conocimiento es cada vez más intenso y veloz.

La investigación básica exige libertad de elección del investigador para determinar el problema a investigar. Pero no sólo. Necesita también sostén financiero, talento, esfuerzo, colaboración, estima social y, muy especialmente, un magisterio y una mirada a muy largo plazo. En definitiva, todo un plan para un país.

lunes, 28 de octubre de 2019

Misión del bibliotecario



Así tituló Ortega y Gasset la conferencia de apertura del II Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía, que dictó en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid el 20 de mayo de 1935.

Ortega y Gasset con Louise-Noëlle Malclés, bibliotecaria de la Sorbona, a la que dedicó
su obra Misión del Bibliotecario. 
José Ortega y Gasset: imágenes de una vida 1883-1955,
Ministerio de Educación y Ciencia-Fundación José Ortega y Gasset, 1983. 
Fondo Documental Marino Gómez-Santos

En el Congreso se discutieron los temas que más preocupaban por entonces a los bibliotecarios, asuntos que siguen siendo en la actualidad, casi un siglo después, del mayor interés: el fomento de la lectura, el acceso al libro mediante un procedimiento eficaz de préstamo internacional, la sobreabundancia de títulos publicados y la formación del bibliotecario para adecuarlo a las nuevas exigencias del desarrollo de la transmisión de la ciencia y de la cultura.

Ortega y Gasset se fijó especialmente en el problema de la abundantísima producción de títulos, que sentía más como una carga que como una bendición. Tantos títulos que el investigador, el científico o el profesor, por más que se especialice, es incapaz no sólo de abarcar sino, siquiera, de hacer una selección solvente de lo que ha de leer para, después, con ingenio y esfuerzo, avanzar por el camino del conocimiento.

Este fenónemo, que ya era evidente para Ortega y Gasset y para la profesión del bibliotecario, estaba por entonces sólo en ciernes. Se añadía, además, otra consideración limitante: Ortega y Gasset vivía en la época del reinado del libro, entendido como el mejor recipiente para conservar y transmitir las ideas.

Hoy día esta tendencia a la sobreabundancia es ya un caudal torrencial que no para de crecer. No sólo ha aumentado exponencialmente el número de títulos que se publican, sino que los soportes que albergan la información, fruto del desarrollo tecnológico, son también más numerosos, a lo que se añade que aquello que se entiende que es relevante para el progreso del conocimiento es mucho más que unas conclusiones o unas ideas que se puedan poner por escrito. Vivimos, por tanto, en un estado de hiperinflación de la información que algunos, muy acertadamente, llaman de infoxicación, que provoca ciertas patologías aún poco estudiadas: se lee deprisa, se lee mal, no se lee lo que es menester y se pierde el tiempo leyendo lo que no procede.

La sociedad democrática es hija del libro, dirá Ortega. Del libro escrito por el hombre una vez superado el dominio del libro revelado por Dios o del libro de leyes y decretos dictado por el autócrata. El libro libera, pero en sobreabundancia se convierte en un problema, en un peligro. Aparece aquí, para Ortega, la figura del bibliotecario y sus nuevas tareas como misión de futuro.

Ortega y Gasset en la biblioteca de la Sorbona.
José Ortega y Gasset: imágenes de una vida 1883-1955, 
Ministerio de Educación y Ciencia-Fundación José Ortega y Gasset, 1983.
Fondo Documental Marino Gómez-Santos

El bibliotecario, según Ortega, una vez alcanzada la madurez del oficio, ha de convertirse en una suerte de higienista del libro, completando así su función de guardián de la cultura. El bibliotecario debe alcanzar para cada libro la mayor cota de perfección catalogadora, que habrá de ser universal y automática. Además, habrá de ser un orientador, un buscador, un facilitador y seleccionador de títulos para el estudioso que, sin tiempo suficiente para estudiar, corre el riesgo cierto de perderse en la selva de títulos que le rodea. Pero aún le quedaría otra misión que cumplir: quizás el bibliotecario haya de ser la pieza central en una tarea radicalmente nueva, como es la organización colectiva de la producción del libro, consistente en dificultar la emisión de libros inútiles y de fomentar la de aquellos que su ausencia daña.

Con el Portal Web de Búsqueda del FDMGS hemos querido cumplir algunas de las misiones del bibliotecario tal y como las ideó Ortega y Gasset.

La Universidad Rey Juan Carlos no sólo es custodia de un Fondo Documental Personal. Tiene la obligación de mostrarlo organizada y progresivamente al público interesado, sin trabas de acceso, en abierto. Por tal razón, hacemos accesibles los documentos que lo componen con una herramienta de búsqueda eficaz.

Eso y no otra cosa es el Portal Web de Búsqueda que hemos diseñado y que ponemos en marcha, con el propósito de que permita mejorar el conocimiento de la historia de España del siglo XX.

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