martes, 10 de diciembre de 2019

Elogio del paseo


La editorial Felguera acaba de publicar una selección de textos de Pío Baroja con el título Las calles siniestras. Antología del eterno paseante (2019). Recoge este libro trabajos menores del autor sobre sus paseos por los arrabales y otras zonas siniestras de Madrid, Londres y París.

Baroja era observador de la vida de los marginados, de los bajos fondos y de los tipos más extraños, que le ofrecieron material y argumentos para muchas de sus obras, aportación sin la cual no se entiende plenamente, por ejemplo, su trilogía La lucha por la vida: La Busca (1904), Malahierba (1904) y Aurora Roja (1905).

Es una estupenda noticia que la obra de Baroja siga editándose y aún será mejor que encuentre nuevos lectores que la disfruten, para que el hilo de oro de la literatura española no se interrumpa fatalmente.

Parece una sola cosa mencionar a Baroja e imaginarlo paseando en solitario, embutido en un grueso abrigo, tocado con boina y ayudado por un bastón. Así lo poetizó Machado:

En Londres o Madrid, Ginebra o Roma,
ha sorprendido, ingenuo paseante,
el mismo taedium vitae en vario idioma,
en múltiple careta igual semblante.
Atrás las manos enlazadas lleva,
y hacia la tierra, al pasear, se inclina;
todo el mundo a su paso es senda nueva,
camino por desmonte o por ruina.
Dio, aunque tardío, el siglo diecinueve
un ascua de fuego al gran Baroja,
y otro siglo, al nacer, guerra le mueve,
que enceniza su cara pelirroja.
De la rosa romántica, en la nieve,
él ha visto caer la última hoja.

Cuando no existían la televisión ni otras pantallas o intermediarios entre el yo y el mundo, era menester pasear para acceder al conocimiento de la sociedad y de sus gentes, que es lo mismo.

Acercarse a la vida social para intuirla requería pasearla, La vida se abría al paseante directamente y con todas sus formas, en crudo, sin aditamentos. Con el paseo se asistía al espectáculo de un mundo pequeño, local, provinciano si se quiere, pero en su materialidad y sin decorados.

Antaño, ver el mundo y pasearlo eran lo mismo, poniendo la mirada en lo importante y pensando sobre lo visto, porque pasearse significaba también “discurrir en alguna materia.

En el pasado, para ampliar los horizontes de lo visto, además, había que leer y cartearse, que eran formas estilizadas de aprovecharse de los paseos, de los conocimientos y de las conversaciones de otros.

Es un tópico que los peripatéticos filosofaban deambulando (“passeándose los Peripatéticos por unos portales, disputaban y adelantaban sus máximas”, en definición del Diccionario de Autoridades de 1737) y que Kant era un maniático del paseo higiénico, puntualísimo, rutinario y en soledad como condición para filosofar después.   

Rousseau escribió Las Ensoñaciones del paseante solitario (1782) gracias a sus paseos románticos e introspectivos. Sin estos paseos, por tanto, no habría habido ensoñaciones.

No acaba aquí la relación de filósofos amantes del paseo. Nietzsche invitaba a “no prestar fe a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre y pudiendo nosotros movernos con libertad” y Thoreau escribió dos obritas en las que el paseo es el protagonista, A walk to Wachusett  (1843) y Walking (1851): “creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana”.

En España el paseo alcanza relevancia intelectual con la crisis del 98. Como hay que repensar el país, su historia y sus gentes, es preciso antes caminarlo. Y no deben ser extranjeros quienes lo hagan, como en el siglo XIX, proclives a fijarse en lo exótico y a referir detalles fantasiosos. Han de ser españoles europeizados, con otra visión y conocimiento quienes lo hagan.

De esa conmoción viene Francisco Giner de los Ríos y las excursiones de la Institución Libre de Enseñanza, que convirtieron el paseo colectivo en método de conocimiento de nuestra realidad histórica y vital, en paideia para beneficio de intelectuales, científicos y artistas del momento.

Por la misma razón Ortega y Gasset era un gran aficionado al paseo porque invita a la meditación (paseando por París caí “… en la cuenta de que no conocía en verdad a nadie de la gran ciudad, salvo las estatuas … y como no tenía con quién hablar, he conversado con ellas sobre grandes temas humanos”), al igual que Azorín (“al llegar a una ciudad para mí desconocida, en España, siempre he procurado llegar de noche [ ... ] al día siguiente tendría, sin auxilio de nadie, que ir explorando gradualmente la ciudad; este descubrimiento era el mayor hechizo en mi visita a la ciudad desconocida").

Antonio Machado poetizó la importancia del camino y del paisaje, porque el hombre es lo que es en unión con el paisaje. Ahí están su ejemplar Campos de Castilla (1912) y algunos de sus versos más conocidos: “Caminante, son tus huellas/el camino y nada más;/Caminante, no hay camino/se hace camino al andar

Unamuno escribió al menos tres obras en las que el paseo y la excursión son método para captar la intrahistoria, Paisajes (1902), Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1922), porque “para conocer una patria, un pueblo, no basta conocer su alma -lo que llamamos su alma-, lo que dicen y hacen sus hombres; es menester también conocer su cuerpo, su suelo, su tierra”.

Para no alargar demasiado esta relación, terminemos mencionando a Camilo José Cela, que recorrió a pie pueblos, campos y trochas para escribir después su Viaje a la Alcarria (1948) y El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos (1949), porque para Cela, al igual que para Unamuno, Azorín o Baroja, hay que contar, más allá de lo que refieren las estadísticas, los censos, los documentos y las historias librescas de un país, cómo es el “el olor del corazón de las gentes, el color de los ojos del cielo, el sabor de las fuentes de las montañas y de los manantiales de los valles.

El paseo, en fin, solitario o en amistosa compañía, elevado a la condición de categoría filosófica, contribuye a la introspección y afila el entendimiento, porque el acceso a la sabiduría es, ya desde Homero, un viaje que nunca acaba.

Si pensar en Baroja y en el paseo es lo mismo, también me lo parece pensar en Baroja y sentir frío. Creo que Baroja siempre tuvo frío, un frío físico que llega hasta los huesos, también en agosto, cuando las chicharras andan desquiciadas por la furia de un sol africano.

Baroja y el frío: he ahí un tema prometedor. Pero esa es otra historia.

martes, 12 de noviembre de 2019

Margarita Salas Falgueras, pionera de la biología molecular


El 7 de noviembre de 2019, a los 80 años de edad, falleció Margarita Salas Falgueras, introductora de la biología molecular en España y discípula de Severo Ochoa.

Margarita Salas estudió Ciencias Químicas en una época en la que las mujeres, desgraciadamente, estudiaban muy poco, y aún menos disciplinas científicas. Pertenecer a una familia ilustrada y liberal le ayudó mucho en su elección. Su padre, sobrino de Claudio Sánchez Albornoz, era psiquiatra y su madre era maestra. También resultó decisivo para su trayectoria intelectual que con 16 años de edad acudiera a una conferencia dictada por Severo Ochoa, en la que quedó fascinada por los asuntos que el científico trató.

Debido a su brillantez recibió el apoyo de Severo Ochoa, que no estaba contaminado por el prejuicio del machismo, al que le unía un lejano parentesco. En primer lugar, Ochoa facilitó que fuese Alberto Sols quien dirigiera su tesis doctoral. Una vez realizada con éxito, aceptó que Margarita Salas participara en investigaciones primordiales en su laboratorio de Nueva York entre 1964 y 1967. Al terminar su estancia postdoctoral, Margarita Salas regresó a España para traernos nada más y nada menos que la biología molecular.

Reunión preparatoria de la Sociedad Española de Bioquímica. Santander, 1961.
Entre otros, los doctores Rodríguez Candela, Jiménez Díaz, Santiago Grisolía, Severo Ochoa,
Alberto Sols, Federico Mayor Zaragoza, Villasante, Vivanco, Francisco Escobar
y Margarita Salas (en el centro de la fotografía, la quinta por la derecha)


En su biografía de Severo Ochoa, Marino Gómez-Santos nos recuerda los tiempos de trabajo de Margarita Salas en el laboratorio del Departamento de Bioquímica de la Universidad de Nueva York:

En esta época, y siguiendo la lógica del avance en las observaciones, Margarita Salas encuentra que cuando se utilizan ribosomas más purificados de lo habitual en los sistemas acelulares de síntesis de proteínas, estos pueden traducir los mensajeros sintéticos, pero no los naturales como el RNA de los virus MS2 o Qbeta. La búsqueda de cuáles serán los componentes de los ribosomas eliminados en la purificación, pero necesarios para la traducción de mensajeros naturales, conduce al descubrimiento de los factores de iniciación de la síntesis de proteínas. Estos factores son proteínas cuyo concurso se requiere para que el ribosoma inicie la traducción de los mensajeros naturales. Su estudio ocupará la mayor parte de la actividad científica de Ochoa durante muchos años.



Tras la experiencia norteamericana, Margarita Salas asistió a la difícil y larga creación del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBM), que era para su maestro una necesidad histórica para España, que según su opinión debía conseguir una ciencia y una tecnología propias. En esos años, además, Margarita Salas decidió estudiar algo minúsculo y en apariencia vulgar: un tipo de virus bacteriófago llamado phi29, relativamente simple por tener sólo 20 genes y fácil de manipular por ser inocuo para el ser humano: una especie de mosca de la fruta muy a propósito para estudios de biología  molecular.  

Partió de una intuición sencilla, propia de la ciencia básica: quizás se averigüe algo relevante sobre los mecanismos profundos de la vida y de su transmisión si se desentraña la estructura molecular y genética de este virus. Y así fue, como tantas veces ocurre en la ciencia porque todo está interrelacionado: en cada parte del mundo reside la totalidad y viceversa.

Con esfuerzo y talento, Margarita Salas y sus equipos de investigación han realizado grandes descubrimientos, como la dirección de lectura del código genético, los mecanismos de fabricación de proteínas y una polimerasa, la ADN polimerasa del virus bacteriófago phi29, que ha reportado, tras patentarla, más de seis millones de euros en regalías.

Esta ADN polimerasa tiene una propiedad excepcional: amplifica el ADN con una margen de error muy bajo. Quiere esto decir que con muy poco ADN pueden lograrse multitud de copias fieles al original que pueden ser estudiadas y analizadas a voluntad.

Los descubrimientos de Margarita Salas, en su aplicación, contribuyen a un avance de la medicina que ya está revolucionando las terapias: el análisis genético individualizado y rápido a partir de cantidades mínimas de ADN, para lograr tratamientos médicos a medida, lo que salvará muchas vidas y pondrá remedio a enfermedades incurables.

La lista de los premios y honores recibidos por Margarita Salas es interminable, abarcando las ciencias y las letras, porque la cultura es, en el sentido más elevado, el resultado de la suma de ambas. Basta con consignar una distinción aquí: fue nombrada doctora Honoris Causa por la URJC en 2008.

El ejemplo vital e intelectual de Margarita Salas corrobora verdades que son cuestionadas en estos tiempos de miradas miopes que nos llevan a tiempos que creíamos felizmente superados.

La investigación básica es fundamental para que exista innovación, esto es, aplicación concreta de los descubrimientos.

La investigación básica genera conocimiento verdadero y éste, aplicado rectamente, produce la mejora de la sociedad, medible en bienestar, riqueza y sabiduría. De aquí se deduce que la sociedad que daña la investigación básica se daña a sí misa en lo más profundo, además con efecto perdurable puesto que el avance del conocimiento es cada vez más profundo y veloz.

La investigación básica exige libertad de elección del investigador para determinar el problema a investigar. Pero no sólo. Necesita también sostén financiero, talento, esfuerzo, colaboración, estima social y, muy especialmente, un magisterio y una mirada a muy largo plazo. En definitiva, todo un plan para un país.

lunes, 28 de octubre de 2019

Misión del bibliotecario



Así tituló Ortega y Gasset la conferencia de apertura del II Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía, que dictó en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid el 20 de mayo de 1935.

Ortega y Gasset con Louise-Noëlle Malclés, bibliotecaria de la Sorbona, a la que dedicó
su obra Misión del Bibliotecario. 
José Ortega y Gasset: imágenes de una vida 1883-1955,
Ministerio de Educación y Ciencia-Fundación José Ortega y Gasset, 1983. 
Fondo Documental Marino Gómez-Santos

En el Congreso se discutieron los temas que más preocupaban por entonces a los bibliotecarios, asuntos que siguen siendo en la actualidad, casi un siglo después, del mayor interés: el fomento de la lectura, el acceso al libro mediante un procedimiento eficaz de préstamo internacional, la sobreabundancia de títulos publicados y la formación del bibliotecario para adecuarlo a las nuevas exigencias del desarrollo de la transmisión de la ciencia y de la cultura.

Ortega y Gasset se fijó especialmente en el problema de la abundantísima producción de títulos, que sentía más como una carga que como una bendición. Tantos títulos que el investigador, el científico o el profesor, por más que se especialice, es incapaz no sólo de abarcar sino, siquiera, de hacer una selección solvente de lo que ha de leer para, después, con ingenio y esfuerzo, avanzar por el camino del conocimiento.

Este fenónemo, que ya era evidente para Ortega y Gasset y para la profesión del bibliotecario, estaba por entonces sólo en ciernes. Se añadía, además, otra consideración limitante: Ortega y Gasset vivía en la época del reinado del libro, entendido como el mejor recipiente para conservar las ideas.

Hoy día esta tendencia es ya un caudal torrencial que no para de crecer. No sólo ha aumentado exponencialmente el número de títulos que se publican, sino que los soportes que albergan la información, fruto del desarrollo tecnológico, son también más numerosos, a lo que se añade que aquello que se entiende que es relevante para el conocimiento es mucho más que unas conclusiones o unas ideas que se puedan poner por escrito. Vivimos, por tanto, en un estado de hiperinflación de la información que algunos, muy acertadamente, llaman de infoxicación, que provoca ciertas patologías: se lee deprisa, se lee mal, no se lee lo que es menester y se pierde el tiempo leyendo lo que no procede.

La sociedad democrática es hija del libro, dirá Ortega. Del libro escrito por el hombre una vez superado el dominio del libro revelado por Dios o del libro de leyes y decretos dictado por el autócrata. El libro libera, pero en sobreabundancia se convierte en un problema, en un peligro. Aparece aquí la figura del bibliotecario y sus nuevas tareas como misión de futuro.

Ortega y Gasset en la biblioteca de la Sorbona.
José Ortega y Gasset: imágenes de una vida 1883-1955, 
Ministerio de Educación y Ciencia-Fundación José Ortega y Gasset, 1983.
Fondo Documental Marino Gómez-Santos

El bibliotecario, según Ortega, una vez alcanzada la madurez del oficio, ha de convertirse en una suerte de higienista del libro, completando así su función de guardián de la cultura. El bibliotecario debe alcanzar para cada libro la mayor cota de perfección catalogadora, que habrá de ser universal y automática. Además, habrá de ser un orientador, un buscador, un facilitador y seleccionador de títulos para el estudioso que, sin tiempo suficiente para estudiar, corre el riesgo cierto de perderse en la selva de títulos que le rodea. Pero aún le quedaría otra misión que cumplir: quizás el bibliotecario haya de ser la figura central en algo radicalmente nuevo, como es la organización colectiva de la producción del libro, consistente en dificultar la emisión de libros inútiles y de fomentar la de aquellos que su ausencia daña.

Con el Portal Web de Búsqueda del FDMGS hemos querido cumplir algunas de las misiones del bibliotecario tal y como las ideó Ortega y Gasset.

La Universidad Rey Juan Carlos no sólo es custodia de un Fondo Documental Personal. Tiene la obligación de mostrarlo organizada y progresivamente al público interesado, sin trabas de acceso, en abierto. Por tal razón, hacemos accesibles los documentos que lo componen con una herramienta de búsqueda eficaz.

Eso y no otra cosa es el Portal Web de Búsqueda que hemos diseñado y que ponemos en marcha, con el deseo de que permita mejorar el conocimiento de la historia de España del siglo XX.




miércoles, 8 de mayo de 2019

José Ortega y Gasset: exilio y enfermedad

Ortega y Gasset en Aravaca, 1929

El 9 de mayo se cumplen 136 años del nacimiento de José Ortega y Gasset (1883-1955).

La noche del 31 de agosto de 1936, pocos después del comienzo de la Guerra Civil, Ortega y Gasset abandona España gravemente enfermo y muy decepcionado por la experiencia de la Segunda República, que considera completamente fracasada, entre amenazas y acusaciones de contrarrevolucionario, que le llevaron a dejar su domicilio y a refugiarse en la Residencia de Estudiantes.

Por mediación de su hermano, Eduardo Ortega y Gasset, que era Fiscal General de la República, del médico y exministro de la República, Vicente Iranzo y del embajador de Francia, Jean Herbette, parte hacia Marsella desde el puerto de Alicante, adonde llega sin un céntimo y aquejado de una fiebre contumaz. De allí viaja a La Tronche, un pueblo a las afueras de Grenoble, lugar en el que se queja de “fiebre, terribles dolores y debilidad espantosa” y, después, a París, permaneciendo en cama desde diciembre de 1936 a marzo de 1937, en un piso de la rue Gros.

De junio a octubre de 1937, por invitación del profesor Johan Huizinga, permanece en Holanda como profesor visitante de la Universidad de Leiden, donde sus problemas médicos continúan, estando muy pendiente, por indicación de su hijo Miguel, que es médico, de la evolución de su peso, que no deja de perder debido a la persistencia de una enfermedad digestiva.



Tarjeta de la farmacia De Pionier, de la ciudad holandesa de Oegstgeest,
en la que Ortega y Gasset, de su puño y letra, consignaba su peso que, 
como consecuencia de la enfermedad digestiva que padecía, 
bajó casi tres kilos en tres meses.

Ortega y Gasset pasa el verano de 1938 en San Juan de Luz y regresa de nuevo a París, alojándose en la casa de Louise-Noëlle Malclés, bibliotecaria de la Sorbona y fiel amiga. Allí empeora súbitamente, como relata el doctor Teófilo Hernando, que ya conocía a Ortega y que era, además, gran amigo de Marañón. Por aquel entonces, según el doctor Hernando, Ortega y Gasset “estuvo muy malo; tuvo una inflamación de la vesícula biliar con formación de pus y altas temperaturas.” Padecía de litiasis del colédoco, con infecciones repetidas de las vías biliares, lo cual, en una época ajena a las sulfamidas y los antibióticos, era una dolencia muy grave que podía degenerar en septicemia, como así ocurrió. Por eso hubo que operarle de urgencia. El doctor Hernando le acompañó a él y a su esposa a la clínica de la rue Georges Bizet, para ser intervenido por el doctor Gosset, cirujano prestigioso del hospital de la Pitié-Salpêtrière. En el momento decisivo Gosset se niega a intervenirle porque asegura que la operación sería como hacerle la autopsia a un muerto, pero Marañón le presiona diciéndole que Ortega y Gasset es un celtíbero capaz de aguantarlo todo. Afortunadamente, la extracción de los cálculos fue un éxito y Ortega y Gasset salvó la vida. Tras ser dado de alta, los Ortega se van a vivir a la rue Bassano. En la primavera de 1939, pasan tres meses en Portugal, sin que su mejoría se complete, recibiendo la recomendación médica de acudir a una estación termal, concretamente a Vichy, para su cura. Coinciden esos días azarosos con el fallecimiento de su madre, Dolores Gasset y Chinchilla, en Puente Genil.

En Vichy, restablecido parcialmente, el doctor Parturier le recomienda que se traslade a La Bourboule, pueblecito del Puy-de-Dome situado a 800 metros de altitud, muy indicado por su clima y aguas para las afecciones biliares y del hígado. Poco tiempo después, en vísperas del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Ortega y Gasset embarcará desde Cherburgo para Argentina con su mujer y su hija, donde vivirá, ejerciendo como profesor en la Universidad de Buenos Aires, hasta comienzos de 1942. Terminada su estancia en Argentina donde coincidió, entre otros, con Ramón Gómez de la Serna, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, regresará a Portugal para, finalmente, volver a España en el verano de 1945, aunque sólo de manera esporádica, donde morirá el 18 de octubre de 1955.

Ortega y Gasset vivirá entonces fuera de una España destrozada en la que su proyecto modernizador, europeísta y aristocratizante ha fracasado. Comienza la tragedia vital de un Ortega y Gasset convertido ya al liberalismo doctrinario, roto por la Guerra Civil y el hundimiento de la cultura, del cual dijo Indalecio Prieto, con motivo de su muerte, que era, junto con su grupo de discípulos y seguidores, la “masa encefálica de la República”.



viernes, 15 de marzo de 2019

Balder, el ventrílocuo


El ventrílocuo Balder, agradece a Marino Gómez-Santos
la entrevista que le hizo en el Diario Pueblo

No hace mucho aún asombraba el ventrílocuo, como pasmaba y entretenía casi todo, porque la capacidad de fascinación de las gentes estaba prácticamente virgen. Entonces no padecíamos la hiperestimulación de las redes o de las pantallas, ni las exigencias y apremios de la sociedad en enjambre. Cualquier cosa maravillaba porque era novedad, algo extraordinario, aún en su mayor simpleza y candidez.

Fascinaban los pirófagos, los hialófagos, los faquires, los leones indolentes acaso sometidos por el látigo del domador, los autómatas, el cine mudo, los relojes de cuco y la exhibición, por pueblos de adobe, de teratologías en ferias miserables. El mundo era ingenuo y bárbaro a su manera, como un cuadro de Gutiérrez Solana. África era exótica, China misteriosa y el triángulo de las Bermudas una puerta a otra dimensión.

Hoy, alcanzada la mayoría de edad con respecto a la época anterior (no a la siguiente, por inimaginada y temida), África es miseria, China es una nube de polución y las Bermudas son un paraíso fiscal que lava el dinero del crimen globalizado. Nada de esto fascina ya. Todo lo más, irrita  o asusta. La transformación profunda, que ha llevado sólo una generación, ha sido completa. El misterio ha desaparecido (con él, los misteriólogos profesionales), cosa que hemos descubierto por el cambio de los gustos y de las apetencias sociales, que dice mucho de cómo somos si se observan bien.


Tarjeta de presentación de los personajes de Balder. 
Los más célebres fueron el niño, el torero, el paleto,
la señora y el modisto, tipos del casticismo madrileño

Cuenta Marino Gómez-Santos que Balder el ventrílocuo nació en Madrid en 1878. Se llamaba Eugenio Balderraín Santamaría. Perteneció a la última generación de ventrílocuos clásicos, con los que rivalizó, como Paco Sanz y sus actores mecánicos, Richiardi y Felipe Moreno, entre otros.

Según informa el propio Balder, desde niño fue aficionado a la mecánica y al mundo del espectáculo. Resultó deslumbrado por Leopoldo Frégoli, que actuaba como transformista en el Teatro Apolo. El artista italiano tenía una voz tan flexible y con tantos registros que podía encarnar personajes masculinos y femeninos en una misma sesión, encadenando hasta catorce de un tirón. Quiso Balder ser transformista y bululú como Frégoli, y así debutó, aunque su comienzo fue también despedida, porque si de voz iba sobrado, le faltaban todas las condiciones para parecer mujer. No se desanimó  Balder por este temprano fracaso, hechizado ya por el veneno de las tablas. Su vida giró en la dirección correcta cuando vio una actuación del ventrílocuo Juliano, que tenía barraca en la Plaza de Antón Martín, decidiendo seguir sus pasos. En un taller compró cabezas y cuerpos de muñecos, que ensambló él mismo en un semisótano de la calle de La Cruz, añadiéndoles articulaciones y otros mecanismos para dotarles de realidad viviente. Con estas mañas debutó como ventrílocuo en el Teatro de la Latina el 5 de junio de 1906, iniciando una carrera de éxitos que le llevaría de gira por la Argentina y a escribir un raro Tratado de Ventriloquía en 1910. Su vida artística fue fecunda, hasta que la ventriloquía entró en decadencia, a  lo que se unió el fallecimiento de su mujer. A partir de ese momento, perdió la vitalidad creadora.

Balder, con una de sus creaciones
De Balder se dice que fue el primer ventrílocuo en afeitarse el bigote, que en su caso era de estilo francés tirando a húngaro, aditamento que era para su oficio lo que la red para el trapecista. Actuó sin red, por tanto, para que se apreciara su destreza, que consistía en hablar con diferentes voces haciéndose el mudo. Improvisaba siempre y cuando era menester se arrancaba con jotas y flamenco castizo, cosechando ovaciones y aplausos sinceros de un público entregado.


Las criaturas de Balder charlan con Marino Gómez-Santos
Tres sentimientos producía el ventrílocuo en su edad de oro: asombro, risa y un poco de miedo.

Asombro, porque el arte del ventrílocuo consiste en hablar con el estómago sin mover la boca, con voz distinta a la propia, que se da a un muñeco que parece tener el don de la palabra, al que se mueve también con disimulo, como criatura creada por el humano que, a la legua, se ve que es una prótesis del artista, aunque esta cuestión no importara.

Risa, porque el muñeco parlanchín dice lo que no diría la persona, al carecer de conciencia y de responsabilidad, como el bufón o el loco, por más que su palabra sea falsa y resultado de un artificio  a veces muy evidente, aunque este detalle tampoco importara.

Y algo de miedo, porque un muñeco que parece cobrar vida y personalidad propias, sin brillo en los ojos, es cosa truculenta, un golem, inspiración de cuentos, leyendas y guiones cinematográficos que indagan en el tabú de la Creación. Aquí se nos viene a la memoria El ojo de cristal, inquietante película de 1957 presentada  por Alfred Hitchkock.

El ser humano, mortal y finito, no puede modelar con sus manos un Prometeo, no puede ser el numen de un émulo que, como experimento condenado, será engendro, monstruosidad y error. De ahí la habladuría, afortunadamente falsa de todo punto, de aquel ventrílocuo norteamericano llamado McCarthy, del que se decía que en vez de un muñeco iba acompañado en sus actuaciones por el cadáver putrefacto y parlante de un niño, al cual no dejaba que nadie se acercara.




En el siglo XIX, cuando el magnetismo, la electricidad y la hipnosis parecían cosas del más allá, hubo ventrílocuos y ventrílocuas que trabajaban sin muñecos, haciendo gran negocio: se llamaban médiums. Usaban otros complementos como la bola de cristal, el cuarto en penumbra y el turbante milenario, trucando y disimulando la voz en sesiones privadas de teosofía y espiritismo, siendo el caso más singular el de Madame Blavatsky.

Así describe Marino Gómez-Santos los años finales de Balder, que transcribimos literalmente y que son, también, el canto del cisne de un arte escénico que databa de los tiempos de los faraones.



Texto de Marino Gómez-Santos
sobre los últimos años de Balder

"Creo que con la entrevista larga que le hice a Balder puede conseguirse un texto, a modo de cuento, muy interesante. Balder retirado ya del mundo del espectáculo como ventrílocuo, iba todas las mañanas a una casa vieja, creo que de la calle de la Cruz y al fondo de un patio tenía un cuartito con sus baúles. Tengo una fotografía con él y con sus muñecos, a los que visitaba todas las mañanas, sacándolos de los baúles y monologando con ellos como si fueran personas. De doña Cañerías, que era una muñeca madrileña, de tamaño natural, me decía cómo en los años treinta había ganado, bailando con ella, un primer premio en los bailes de carnaval del Círculo de Bellas Artes. Del muñeco flamenco y de otros, hablaba con pasión de padre. Solía decir que sus muñecos se vestían en los mejores sastres y calzaban, a la medida, por los mejores zapateros de la época. Creo que Balder apareció muerto en la cocina de su casa. En los últimos años de su vida a Balder le preocupaba obsesivamente el destino de sus muñecos y me decía que si tuviera valor haría con ellos una hoguera para que cuando él faltase nadie pudiera maltratarlos o que apareciesen en un puesto del Rastro."

Balder murió sin tener el valor de quemar a sus criaturas.

Última voluntad de Balder sobre sus criaturas
Concluyamos con un poema dedicado al ventrílocuo, publicado en el libro Un mes con el circo, de Alfredo Marquerie, publicado por Taurus en 1955, que forma parte del FDMGS.


EL VENTRÍLOCUO

¿De dónde sale tu voz, 
de qué pozo de misterio
subes agua de palabras 
al brocal helado y pétreo
que son tus dientes cerrados, 
tus labios sin movimiento?

Así hablaba, según dicen, 
el oráculo de Delfos, 
y Constantino, el bufón,
ponía pasmo de miedo
cuando acercaba a la gente
lejanísimos acentos.

¿De dónde sale tu voz?
¿Por qué guardas con recelo
la clave de tu gran burla, 
el recóndito secreto
que inspiró a los fabulistas
con moraleja sus versos,
los diálogos de animales
y acaso el "Ábrete, sésamo"?

Tú no respondes, ventrílocuo;
lo hacen por ti tus muñecos,
los autómatas, que tienen
vida propia, sangre, nervios, 
porque, sin saberlo, eres
su esclavo más que su dueño.

Que de tanto desdoblarte
y de poner tu "yo" en ellos
te estás privando del ser,
del habla y del pensamiento; 
por jugar tanto al fantasma,
fantasma te estás volviendo.
Y cuando te quedes mudo
se reirán de tu silencio.



lunes, 4 de marzo de 2019

Santiago Ramón y Cajal: la voluntad hecha fuerza


Santiago Ramón y Cajal, con su mirada penetrante
Es conocido que Ramón y Cajal (1852-1934) tenía mal genio, un pronto furibundo que, naturalmente, venía de su personalidad innata y, también, del fondo rústico, pobre y aldeano en que nació, aunque a medida que su sabiduría fue creciendo, se templó su propensión al arrebato.

Reproducción de la partida de nacimiento de Ramón y Cajal
Así lo reconoce en Recuerdos de mi vida, dibujo autobiográfico publicado entre 1901 y 1917, cuando ya era una celebridad indiscutible y maestro de una generación de científicos.

En sus páginas cuenta que de chico era “díscolo, retraído, antipático y misterioso”, algo antisocial, además de admirador de las maravillas de la naturaleza y amante de los juegos atléticos y de agilidad. En sus Recuerdos confiesa que “aún hoy, consciente de mis defectos, y después de haber trabajado heroicamente por corregirlos, perdura en mí algo de esa arisca insociabilidad tan censurada por mis padres y amigos.

Como pruebas de ese ardor silvestre, se conservan fotos juveniles de Cajal en las que, en gran forma física y ataviado con un taparrabos neolítico, empuña arco, flecha y puñal para cazar la presa salvaje o capturar al rival de otra tribu por las selvas de Zaragoza.

No queremos decir que éste fuese el carácter dominante de su personalidad, puesto que quienes le trataron íntimamente resaltan en él otros rasgos muy favorables como la nobleza, la honradez, la humildad (se refería a sí mismo como “modesto obrero de la biología”), la protección de sus discípulos y la necesidad vital, física incluso, de no desperdiciar ni un segundo de su tiempo en cosas distintas a la búsqueda de la verdad científica. 

Este perfil, que refleja su personalidad al completo, queda confirmado por lo que queda de su epistolario, unas 3.500 cartas, que fue expoliado vergonzosamente y al que le faltan nada menos que otras 12.000, las más valiosas, que están en paradero desconocido.

Cajal fue un ser contradictorio, como cualquier otro mortal. No debe asustarnos decirlo porque conociendo a la persona se conoce mejor al personaje, que es lo que importa, sin beaterías, adornos o aderezos. 

Sin la fuerza interior de un pionero, Cajal no hubiera sido capaz de elevar la ciencia médica en España a niveles impensables. No habría conseguido, desde la nada más completa, un Premio Nobel de medicina en 1906. Y, tampoco, habría creado una escuela ramificada por el mundo, ni los fundamentos de una disciplina, la neurociencia, que nos asombra un siglo después por sus logros, potencialidades y misterios aún por desvelar. 

Mostramos varios documentos del FDMGS que tratan sobre dos polémicas muy desagradables que protagonizó Cajal: con el brillantísimo Doctor Pío del Río Hortega, histólogo, oncólogo y especialista en el sistema nervioso, en 1916, y con Pío Baroja, que tuvo una data más larga.


El Doctor Pío del Río Hortega, al microscopio
La relación de la primera polémica procede de una nota autógrafa de uno de los discípulos de Cajal, el neuropsiquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora, en la que relata lo siguiente:

“En mi larga vida de, 30 años cerca del grande hombre, cuya memoria venero, he visto a Don Santiago tan descompuesto. Un venenoso conserje del viejo Instituto del Museo Velasco, resentido porque Del Río no le dejaba ganarse una comisión: de 1 peseta por conejo; 2 por gato, y 3 por perro, de los que traía el Tío Ranero, personaje de novela barojiana (que se dedicaba a cazar por las charcas, salamandras, culebras de tierra y de agua, lagartos y demás animales citados) y los vendía a los institutos de Biología y de Historia Natural, Del Río, entendiéndose directamente con el Tío Ranero, conseguía más baratos los animales. Entonces, el conserje borrachín, para vengarse de Del Río le fue envenenando el alma a Cajal, diciéndole que Del Río, en las explicaciones a sus discípulos les decía que Cajal no había inventado los métodos fotográficos de la plata, ideados por Simarro y mejorados por Cajal, cosa que el propio Cajal, con su gran honradez científica explicaba en letra pequeña en su Histología, lo cual Del Río les leía o repetía a sus alumnos. Informado falsamente Cajal, se presentó una tarde de improviso en el laboratorio, ya irritado por los chismes falsos del borrachín de su conserje. La escena, que nunca olvidaré, fue impresionante. El gran Maestro, descompuesto por lo que creía una injusticia de Del Río a su inmensa labor de descubrimientos expulsó a Del Río violentamente, empleando epítetos (…) que jamás le oí emplear después. Del Río salió llorando de aquella brutal escena y no volvió más por el Instituto Cajal, ni siquiera cuando años después Don Santiago (con su nobleza baturra) le escribió una carta disculpándose y pidiéndole que volviese a su laboratorio.”

Una de las cuartillas en las que el Doctor Lafora relata el
desafortunado desencuentro, del que fue testigo,
entre Cajal y Pío del Río
Esta aspereza injusta, en la que no cabe descartar rivalidades científicas, produjo la ruptura entre Cajal y Del Río hasta 1922, año de su reconciliación en el madrileño Café del Prado. 

La separación perjudicó inmerecidamente la carrera de Del Río, que se rehízo rápidamente, sin dañar la reputación de sus logros y descubrimientos, que fueron muchos y valiosos, hasta el punto de ser propuesto en tres ocasiones al Nobel de medicina.

La segunda polémica, más prolongada en el tiempo, Cajal la tuvo con Baroja, que fue también médico, aunque ocasional y falto de vocación (estudió la carrera, según sus palabras,"como quien toma una pócima amarga"), al que califico su tesis sobre el dolor, por ser miembro del tribunal que lo juzgaba. La razón de la animadversión es aquí más misteriosa puesto que ambos compartían un ideario, aunque pueden aventurarse ciertos motivos.


A Cajal no le gustaban los pesimismos sin programa, por estériles, de algunos noventayochistas, que además no hicieron la guerra de Cuba, al contrario que él, y en la que casi muere por paludismo, criticándola después con vehemencia y amargura. Creía, más bien, en la redención del país por la ciencia, para sacarlo de la incultura, la corrupción y el atraso seculares. Cajal era un regeneracionista pero por la vía del laboratorio, del trabajo personal y del avance del conocimiento, que traerían otras bondades por añadidura, y no por la reforma social o por la acción política por sí solas. Además, despreciaba lo que consideraba palabrería, tanto en la academia como en la vida cultural e intelectual, por ser síntoma de vaciedad.

Esta falta de simpatía era correspondida por Baroja ya desde sus tiempos como estudiante de medicina, en los que afea a Cajal su condescendencia con algunos profesores de la Facultad que, como José de Letamendi y Manjarres, catedrático de anatomía, no hacían ciencia sino retórica, prestidigitación y fuegos artificiales, contribuyendo a un ambiente académico sórdido y ordinario. Quizás algo tuvo que ver en la demolición del prestigio de Letamendi el que suspendiera dos veces a Baroja en Patología General, a las que se añadieron una tercera por un discípulo suyo, un tal Slócker. Por tal razón, Letamendi es personaje de El árbol de la Ciencia, al que Baroja, desde la omnipotencia del escritor, ridiculiza describiéndolo como un hombre hueco, fatuo, botorate y farsante.

Tampoco le gustó a Cajal que Baroja le calificase de “escribidor vano, vulgar, desmañado y antipático”, a partir de la lectura de algunas de sus obras de mayor difusión. 

Además, se cuenta que Baroja alimentó rumores indignos sobre la vida privada de Cajal, que seguro que Cajal conocía y que lo terminaron de enfurecer completamente.

Como consecuencia de esta animadversión larvada, Cajal escribió la siguiente carta (de la que sólo transcribimos una parte) en un tono violento contra Baroja, aunque no llegó a enviársela:


Texto completo de la carta no enviada de Cajal a Baroja,
recogido en el diario Pueblo
“Usted no me puede juzgar porque no me ha leído. Es como juzgar a Sócrates por tocar la flauta o a Catón por haber estudiado y aprendido de viejo el griego (…) 

Llama usted tartufismo a exponer reglas y consejos para la juventud, que ha merecido el aplauso (siete ediciones), y hacerlo como es razón, en estilo llano y comprensible…

Usted no es español. Con un cinismo repugnante trató Vd. de eludir el servicio militar, mientras los demás nos batimos en Cataluña, fuimos a Cuba, enfermamos en la manigua, caímos en la caquexia palúdica y fuimos repatriados por inutilizados en campaña, y luego, enfermos, tratamos de estudiar y trabajar para enaltecer la Patria, no con noveluchas burdas, encomiadoras de condotieros y conspiradores vascos, sino luchando con la ciencia extranjera a brazo partido.

Si yo fuera Gobierno, a los malos españoles como Vd. que cifran su orgullo y tienen a fruición despreciar los prestigios de la raza española, los condenaría a pena de azotes, y después a una desecación lenta pero continua, en Costa de Oro. Creo que así nos dejarían en paz.” 

Sí, Ramón y Cajal tuvo mal genio, además de un Nobel en medicina, billete de 50 pesetas (el de 500, que no pasó del boceto, no entró en circulación por la Guerra Civil) y sello de correos de 30 céntimos en tiempos de la República. Fue un genio científico que alcanzó la gloria a base de genio personal, en un país que históricamente despreció la ciencia y maltrató a sus científicos.

Disculpemos sus excesos.

lunes, 11 de febrero de 2019

Ramón Menéndez Pidal: ideas sobre el pueblo vasco y España




El 13 de marzo se conmemorará el 150 aniversario del nacimiento de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), filólogo, lingüista e historiador.

Las tres disciplinas que cultivó son muy próximas y se hermanan con naturalidad, porque en las sociedades analógicas la lengua y la literatura, entendidas como decires populares y como formas cultas, componen la historia, tejiendo, en lo hondo, la conciencia colectiva. ¿Cómo escribir, si no, una historia de la lengua española sin mencionar la historia de España, su literatura, cultura, dialectología, lengua hablada, orígenes e influencias?

Menéndez Pidal es discípulo de Menéndez Pelayo, al que supera en su tradicionalismo aislacionista y extremoso. Además, es maestro de brillantes figuras que irradiarán su erudición y métodos en la historia, la filología, la literatura y, también, en la pura creación literaria, como Américo Castro, Tomás Navarro, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Rafael Lapesa, Homero Serís, Salvador Fernández Ramírez, Amado Alonso, José Manuel Blecua, Samuel Gili Gaya, Antonio García Solalinde, Alonso Zamora Vicente, etc.  

Menéndez Pidal es descubridor y analista de la literatura medieval española, también de la posterior (por ejemplo, en su Antología de Prosistas Españoles llega hasta el siglo XIX, con un capítulo dedicado al Conde de Toreno), y estudioso impar de los orígenes y desarrollo de la gramática de nuestra lengua, de cuya comprensión somos deudores. Académico en 1902 y, posteriormente, director de la Real Academia Española en dos ocasiones (1925-1938 y 1947-1968), institución que ahora celebra el bienio pidalino con numerosos eventos, es autor de una obra inmensa rebosante de erudición.

El FDMGS cuenta con varios documentos del fundador de la lingüística científica en España y padre de la primera escuela filológica española, que puso al nivel de la mejor europea. Destacamos uno de ellos, por su oportunidad en nuestra complicada actualidad: un autógrafo de apretada letra en el que reflexiona sobre lo vasco y la unidad de España, tema recurrente de nuestra historia política desde el siglo XIX.

Responde Menéndez Pidal a un artículo anónimo publicado por el diario Le Temps, en el que se afirman dos ideas principales: que el pueblo vasco es “uno de los más sólidos reductos de nuestra civilización occidental” y que, debido a ello, “es merecedor, a los ojos de la cristiandad, de conservar su plena y libre personalidad bajo un régimen político capaz de protegerlo permanentemente de las tempestades que se desencadenan periódicamente al sur de los Pirineos.


A estas ideas, que considera injustas y contrarias a la realidad, contesta Menéndez Pidal, desde una concepción historicista de la nación, lo siguiente:

· El pueblo vasco se negó en absoluto a la civilización occidental de Roma. Fue preciosa reliquia de la España ibérica, de la cual recibió su cultura primitiva y su lengua actual. De quien obtuvo el aporte occidental fue, precisamente, de España, de la que formó parte desde sus orígenes en los tiempos de la monarquía asturiana.

· La íntima compenetración del pueblo vasco con España queda acreditada, por ejemplo, por un Ignacio de Loyola, que “conmovió el catolicismo”, por un Juan Sebastián Elcano, que circunnavegó por vez primera el globo, o por Miguel de Unamuno, “gran vasco y gran europeo que sentía la unidad española” y que fue “la más elevada y atenta expresión del pensamiento vasco.

· Además, los vascos recibieron, por ser parte de España, el legado de América, sin el cual hoy serían una cosa muy distinta de lo que son.


Termina Menéndez Pidal su puntualización histórica con dos importantes afirmaciones: “los países más democráticos proclaman urgente la necesidad de robustecer la verdadera unidad espiritual de toda la nación” y “dejen a los españoles decidir, sin injerencias extrañas, el grado y el modo de la unidad espiritual que también necesitan.



En esta correspondencia dirigida a Marino Gómez-Santos, Menéndez Pidal escribe sin estridencias sobre democracia, nacionalismo y unidad, porque en el debate nacionalista, generalmente, sobran emociones, abunda la mitología y faltan las razones.

Si en la relación entre las naciones y los Estados se imponen la exaltación y los esencialismos, acertarán los que hoy dibujan un escenario tenebroso para una Europa que cada día se parece más a la del período de entreguerras.

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